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tribuna junio 2008
La creatividad, una asignatura pendiente de nuestras organizaciones tribunas destacadas
Marián Jaén,
directora de programas máster en Recursos Humanos de Comillas Posgrado
Por fortuna, desde finales del siglo XIX (cuando la filosofía de la Organización Científica del Trabajo promovida por Frederick W. Taylor impregnaba el espíritu empresarial) hasta nuestros días, la gestión de personas en las empresas ha cambiado mucho. Según aquélla, a los trabajadores no se les pagaba por pensar, sino que debían cumplir exclusivamente con sus tareas manuales, concretas y bien delimitadas, dejando las tareas más cognitivas o mentales a la Dirección. Sin embargo, el cambio no se ha producido todo lo deprisa que fuera deseable, ni tampoco en todos los ámbitos del trabajo. Fijémonos, por ejemplo, en la creatividad, entendida como la generación, por parte de las personas, de algo (ya sea información, productos, servicios o comportamientos) nuevo (original), y a la vez apropiado o útil para hacer frente a una situación determinada.
Tradicionalmente, ha habido puestos de trabajo que, por las funciones que debían llevar a cabo sus ocupantes, inevitablemente exigían individuos que poseyeran esta competencia (véase: publicistas, diseñadores, decoradores, entre otros). Pero la creatividad no era una cualidad que, en general, se apreciase para desempeñar con éxito otro tipo de trabajos. Una frase de Mark Twain recoge perfectamente la mentalidad de épocas pasadas: “Un hombre con una idea nueva es un loco, hasta que la idea triunfa”. Hoy día, a un trabajador creativo no debería colgársele precisamente la etiqueta de “demente”, sino todo lo contrario, pues se trata de una rara avis que deberíamos valorar en su justa medida.

Básicamente, podemos decir que la creatividad resulta imprescindible para cualquier empresa, por la sencilla razón de que su producto es la innovación, ya sea innovación técnica (referida a los productos y servicios ofrecidos por la empresa) o administrativa (sobre la organización del trabajo, los procedimientos, etc.). Resulta innegable que la innovación deberá convertirse en objetivo estratégico para aquellas organizaciones que pretendan sobrevivir en un mercado tan competitivo: se trata de “innovar o morir”. En ocasiones, la tecnología será necesaria para poder alcanzar esta meta, pero lo que sí será imprescindible en todos los casos será el talento de los trabajadores (de todos los niveles jerárquicos), pues nadie como ellos para aportar información e ideas sobre su propio trabajo, los clientes con los que están permanentemente en contacto o la organización en general.

La capacidad creativa es algo que ha despertado el interés de todo tipo de estudiosos a lo largo de la historia. De las numerosas investigaciones fruto de esta curiosidad, parece confirmarse que diversos aspectos de las personas correlacionan positivamente con la creatividad, como por ejemplo: poseer una elevada autoestima, tener un alto nivel de motivación intrínseca por el trabajo que se realiza (disfrutar con lo que se hace), ser tenaz y perseverante, demostrar curiosidad intelectual y apertura a nuevas experiencias, ser intuitivo o tener capacidad crítica, entre otras. En general, todos poseemos estas características en mayor o menor grado, pero en nuestra vida diaria tropezamos con diversas barreras que impiden a nuestra creatividad aflorar de manera espontánea. Así, por ejemplo, desde pequeños nos enseñan a aceptar sin cuestionar lo que los mayores o las normas sociales disponen; también desde la infancia desarrollamos en exceso el sentido del ridículo, lo que imposibilita que nos arriesguemos a hacer las cosas de manera diferente, por miedo a equivocarnos y quedar en evidencia ante los demás. Más tarde, en la edad adulta, en muchos casos nos convertimos en profesionales excesivamente especializados, con tendencia a examinar las cosas desde nuestro exclusivo y limitado punto de vista.

Pero la buena noticia para todos es que la creatividad puede desarrollarse. Desde la experiencia docente, a muchos nos sorprende constatar cómo los adultos no estamos acostumbrados a poner en marcha nuestra “vena creativa”; a priori, a la mayoría de las personas les cuesta reconocer que poseen la capacidad de crear cosas nuevas, de generar ideas o hacerlas tangibles. Sin embargo, una vez que se les concede tiempo y se les anima a ello, rápidamente se hace patente el impresionante cambio que se origina en estas mismas personas, cómo aumenta su autoconfianza y satisfacción al comprobar (quizá por primera vez) que son capaces de crear. Como afirmaba Charles Dickens, “el hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”.

En el ámbito laboral, son precisamente esas barreras las que tenemos que romper si queremos que todos los trabajadores participen con sus ideas en la mejora continua de la actividad empresarial. Para que las personas puedan aplicar sus competencias profesionales en el día a día, además de poseer conocimientos, habilidades y motivación, será imprescindible que las organizaciones les faciliten los recursos necesarios para ponerlos en práctica. Y cuando hablamos de recursos, el factor “tiempo” es un elemento clave. Sin él, la creatividad lo tiene muy difícil para convertirse en una práctica cotidiana. El ritmo cada vez más acelerado de nuestra sociedad es uno de los grandes enemigos de la creatividad, pero es preciso parar un poco y tomarnos tiempo para reflexionar sobre la mejor forma de hacer nuestro trabajo o mejorar nuestros productos o servicios.

Un cambio de cultura radical se impone a las empresas que persigan aprovechar al máximo la creatividad de sus trabajadores, facilitando a la vez el desarrollo personal y profesional de los mismos. Es importante que éstos sepan qué se valora en su organización y cómo, por lo que será necesario comunicar los nuevos valores de la compañía y premiar a aquellos que desarrollen y apliquen la creatividad en su trabajo diario (conectándola con las recompensas, económicas o no, pues no olvidemos que además de con dinero, podemos recompensar los comportamientos deseados mediante otro tipo de “premios”, como por ejemplo, el reconocimiento, que, por cierto, es gratis). Asimismo, es importante fomentar un ambiente distendido y amistoso, donde los empleados se encuentren a gusto, y, como decíamos antes, sin prisas. En este marco, las críticas no constructivas deberán estar totalmente prohibidas para que aquéllos se sientan en un entorno de libertad creativa y no tengan miedo a sentirse ridiculizados delante de sus compañeros.

En la Era del Conocimiento, seguramente no queden muchos empresarios que no acepten que son las personas las que tienen el poder de generar ventajas competitivas para la organización. Pero esto no es nuevo; ya en el siglo XIX, Víctor Hugo sentenciaba: “No hay nada más poderoso en este mundo que una idea a la que le ha llegado su momento”. Pues si sabemos que la creatividad de los trabajadores es un imperativo para las empresas, fomentemos su desarrollo, hagamos que la creación, primero, y la difusión y aplicación de las ideas, después, se conviertan en un hábito de trabajo para todos en la organización.
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