Estamos en un momento paradójico. Nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades tecnológicas para transformar el aprendizaje corporativo y, sin embargo, muchas organizaciones de L&D se sienten más presionadas que nunca. Los presupuestos tienden a estancarse, los ciclos de compra son más largos y complejos, y los equipos trabajan con menos personal. Al mismo tiempo, se les exige un impacto mucho más directo en los resultados del negocio.
Esto obliga a L&D a replantearse su propuesta de valor. Ya no basta con ejecutar programas formativos, gestionar plataformas y ofrecer contenido; ahora se espera una contribución clara a la estrategia, a la productividad y a la capacidad de adaptación de la organización. La eficiencia ya no es una opción, es una condición de supervivencia.
Porque juntas están cambiando la forma en que las organizaciones generan valor. Hoy la ventaja competitiva no depende solo de la estrategia o la tecnología, sino de la capacidad real de las personas para desempeñar su trabajo, adaptarse al cambio y aprender con rapidez.
En ese sentido, las habilidades se han convertido en un factor crítico del rendimiento del negocio: influyen directamente en la productividad, la innovación y la velocidad de ejecución.
La inteligencia artificial actúa como el gran catalizador de este cambio. No es una funcionalidad más, sino una palanca que permite identificar, desarrollar y activar habilidades a escala y en tiempo real. Al mismo tiempo, reduce de forma drástica los costes y tiempos asociados a la creación de contenido y transforma cómo se accede al conocimiento.
Este nuevo escenario obliga a L&D a redefinir su aportación. El valor ya no está en producir cursos, sino en habilitar el desempeño y la capacidad de adaptación del negocio.
Más conversacional, más adaptativa y personalizada. El empleado se relaciona con el conocimiento como lo hace hoy en su vida digital: pregunta, explora, recibe una respuesta rápida y vuelve cuando lo necesita.
Esto abre la puerta a tutores inteligentes, copilotos por rol y coaching en tiempo real. Ya no hablamos solo de consumir contenido, sino de un acompañamiento que recuerda quién eres, qué estás intentando resolver y qué necesitas reforzar.
La experiencia se parece menos a una biblioteca de contenido y más a un sistema de apoyo continuo para rendir mejor.
Más que un fin, es una evolución radical. La IA está automatizando tareas que consumían muchísimo tiempo: crear guiones, generar versiones, producir vídeos, diseñar gráficos, subtitular y traducir. Todo eso es ya diez veces más rápido con herramientas como Articulate 360. Eso libera tiempo y presupuesto para lo que realmente genera valor: diagnosticar necesidades reales, diseñar experiencias efectivas, medir impacto, y asegurar que el aprendizaje se integra en el trabajo.
El diseño instruccional no desaparece; se vuelve más estratégico. El valor ya no será hacer pantallas, sino diseñar experiencias que cambien comportamientos.
Más que desaparecer, el LMS forma parte de un ecosistema integrado con otras aplicaciones, fuentes de conocimiento y plataformas con agentes de IA que lo complementan y lo potencian. El LMS debe transformarse en un sistema de aprendizaje basado en IA e introducir funcionalidades capaces de generar, contextualizar y entregar conocimiento en tiempo real. Esto significa que el valor ya no está únicamente en almacenar cursos, sino en convertir el conocimiento corporativo en un recurso vivo. La IA permite pasar de programas episódicos a flujos continuos de aprendizaje, de cursos genéricos a experiencias personalizadas, y de buscar documentos a recibir respuestas precisas. Este es el enfoque que le hemos dado a la nueva versión de Totara, integrando Ayleen, una plataforma agéntica que va mucho más allá que un chatbot conversacional: crea, orquesta y controla agentes de IA que no solo conversan, sino que planifican, deciden y ejecutan acciones usando herramientas y datos.
Estamos pasando de la educación a la capacitación, o enablement. Durante años, L&D se centró en educar y en desplegar programas formativos; más adelante, incorporó el lenguaje de las habilidades. Hoy, su misión es habilitar la agilidad del negocio en un entorno de cambio permanente.
Esto implica un cambio profundo de rol. L&D deja de ser un productor de cursos y contenidos para convertirse en un arquitecto de experiencias de aprendizaje y en un socio estratégico de las áreas de negocio y de IT. El foco se desplaza del contenido al desempeño: lo importante ya no es lo que se imparte, sino lo que las personas son capaces de hacer mejor y más rápido en su trabajo.
El aprendizaje deja de ocurrir fuera del trabajo y se integra en el día a día, apoyando la toma de decisiones, la resolución de problemas y la adaptación continua de la organización.

Solo si se confunde control con centralización. El modelo descentralizado bien diseñado combina gobernanza con autonomía. Un equipo central ágil gestiona la infraestructura, los estándares y las herramientas; las unidades de negocio contextualizan el contenido; y los individuos contribuyen activamente al conocimiento colectivo.
La IA hace posible esta democratización sin caer en el caos, siempre que existan procesos, tecnología y cultura adecuados. El aprendizaje se convierte así en una responsabilidad compartida.
El responsable de L&D tiene una oportunidad histórica de recuperar relevancia estratégica. El responsable de L&D moderno debe entender de tecnología, de IA, de datos y, sobre todo, de negocio. Su rol ya no es gestionar catálogos, sino orquestar un ecosistema dinámico de capacidades.
Vemos cada vez más responsables de L&D que reportan directamente a la alta dirección y lideran estrategias de capacitación integrales, alineadas con los resultados de negocio. Es un cambio profundo de identidad profesional.
El agotamiento del enfoque tradicional obliga a L&D a replantear de forma consciente su papel en la organización y a decidir cómo quiere generar impacto real en el desempeño. En ese contexto, comparto la visión de Donald H. Taylor y Eglè Vinauskaite en su informe “2025: The Race for Impact”. Se abren tres caminos estratégicos claros, todos ellos orientados a conectar el aprendizaje con los resultados del negocio. Uno de ellos es posicionarse como autoridad en habilidades, asumiendo la responsabilidad de definir, gobernar y desarrollar las capacidades críticas que la organización necesita a escala.
Otro camino es evolucionar hacia un socio facilitador, cuyo valor reside en empoderar a los expertos del negocio para que creen y compartan conocimiento relevante en su propio contexto operativo. El tercero es convertirse en un motor de adaptación, integrando la experiencia en aprendizaje dentro de equipos multidisciplinares que abordan retos de negocio de forma integral.
No se trata de que uno sea mejor que otro, sino de elegir el más coherente con la cultura, la madurez y la ambición de la organización. Al final, no decidir es una forma de elegir quedarse atrás.
Porque sin datos fiables no hay estrategia posible. L&D ha sido históricamente débil en este ámbito, y eso limita su capacidad para demostrar valor, tomar decisiones basadas en evidencia y entrenar modelos de IA de forma responsable.
Y, al mismo tiempo, no podemos olvidar que las personas siguen queriendo aprender juntas. El aprendizaje social, la facilitación experta y la interacción humana siguen siendo críticas, especialmente para liderazgo y transformación cultural. La tecnología amplifica, pero no sustituye, el factor humano.
Lo primero es asumir que este no es un cambio tecnológico, sino un cambio estratégico que transformará profundamente el día a día de L&D. Mi principal recomendación, tal y como lo hacemos en nuestra consultoría estratégica, es empezar siempre por el problema de negocio que se quiere resolver y no por la herramienta. Segundo, adoptar la IA con pragmatismo, experimentando y aprendiendo rápido. Tercero, invertir seriamente en implementación y gestión del cambio. Y cuarto, fortalecer los cimientos de datos.
La implementación y la gestión del cambio son tan importantes como la propia tecnología; hasta el 50 % de las compras de sistemas fracasan por una implementación deficiente (Fosway 9-Grid Learning Systems, 2025). El éxito en 2026 no vendrá de tener la última tecnología, sino de la disciplina estratégica para resolver problemas reales con datos sólidos y una ejecución impecable.
El futuro del aprendizaje corporativo no lo decidirá la inteligencia artificial, sino la capacidad de sus líderes para actuar con valentía y visión estratégica. El momento de elegir y actuar es ahora.
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