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Un periodista francés se infiltra en Amazon y cuenta sus malas condiciones laborales

Los trabajadores firman por contrato que no hablarán del trabajo ni a sus amigos

 
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07/10/2013 Siguiendo el ejemplo de Günter Wallraff, el periodista alemán que lo mismo bajaba a las minas que se hacía ingresar en una clínica psiquiátrica, siempre con identidad falsa para luego contar lo que allí veía, Jean-Baptiste Malet ha estado trabajando tres meses en un almacén de Amazon en Francia. Ahora lo relata en un libro, 'En los dominios de Amazon. Relato de un infiltrado' (Trama Editorial) que acaba de salir a la luz.

En Amazon, estandarte de la modernidad y la globalización, hay trabajadores que permanecen de pie siete horas haciendo paquetes. Otros, durante una jornada similar, caminan más de 20 kilómetros recogiendo objetos de gigantescas estanterías para llevárselos a los empaquetadores. Unos y otros tienen prohibido contar a nadie cómo es su trabajo y en qué condiciones se realiza, y están permanentemente a disposición de su empresa. Todo ello por un salario bruto de 9,725 euros a la hora.

El libro tiene un valor mayor si se considera que los servicios centrales de prensa de la empresa, en EE UU, prohíben a los periodistas entrar en los almacenes, verdadero centro neurálgico de una firma que no es más que una comercializadora. En Amazon trabajan 80.000 personas con contrato fijo, más los temporeros, muy numerosos en las grandes campañas, sobre todo la de Navidad.

Malet, de 26 años, tuvo que someterse a las pruebas de selección realizadas por una firma del sector. Allí repiten a los candidatos, una y otra vez, que deben estar “muy motivados”, invitando a que abandonen el proceso a quienes no cumplan esa condición. Para explicar a los aspirantes el 'espíritu Amazon', les muestran un vídeo en el que se ve a trabajadores que realizan sus tareas con una perenne sonrisa.

Vigilancia constante y miedo al sueprvisor
Pero el relato de Malet cuenta algo muy diferente. A su edad y con una buena preparación física, era incapaz de dormir al regresar a casa y llegó a perder el apetito. A eso hay que sumarse la vigilancia hasta el extremo de que el supervisor puede saber en cada momento donde están todos sus supervisados y cuanto trabajo han realizado. Además, la empresa premia la delación, sobre pequeños hurtos, o de quienes critican a la empresa o a los jefes.

No se puede comer durante el horario de trabajo. No se puede llegar tarde, ni aunque sea unos minutos. Cualquier baja debe estar justificada documentalmente: por el médico, si es por enfermedad, o mediante una factura de un taller, si, por ejemplo, el trabajador ha sufrido una avería en su coche.

La jornada tiene reglamentados dos cortes de veinte minutos, pero uno no cuenta como tiempo trabajado. De todas formas, la sala de descanso está muy lejos y el paso por los detectores es preceptivo, de forma que los agotados trabajadores solo disponen de cuatro o cinco minutos para sentarse.

En invierno, la temperatura del almacén no llega a 15º, y los empleados están ateridos. Los turnos cubren las 24 horas, pero la enfermería solo abre de 8h a 17h, así que mala suerte si alguien se hiere trabajando a partir de esa hora.

En aplicación de la normativa, nadie puede decir siquiera a sus amigos que trabaja en Amazon. Los directivos de los almacenes locales también tienen vetado contestar a las preguntas de un periodista “por muy inocentes o insignificantes que parezcan”.

Malet habló con algunos trabajadores afiliados a la CGT, el sindicato más poderoso de Francia. Les confesó que es periodista y les pidió una cita para que le contaran los detalles que no había podido conocer en tres meses. Todavía está esperando que se presenten a la misma porque temen perder su empleo.
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