Revista digital
TRIBUNA
febrero 2006

Responsabilidad Social Corporativa y Talento

Alicia Malumbres,
socia-directora de Actúa Human Capital

 
Alicia MalumbresLa Responsabilidad Social Corporativa (RSC) es un concepto que madura con rapidez en las empresas españolas. Cada vez son menos las compañías que la entienden como acciones aisladas y puntuales que obedecen a necesidades concretas de memoria, imagen o reputación corporativa. Ya empieza a ser normal que los planteamientos en RSC se encuentren ligados a la naturaleza de la actividad empresarial y a su estrategia a medio/largo plazo, y por tanto se estudie en relación con las distintas vertientes en las que la RSC se puede manifestar: accionistas, empleados, clientes, proveedores y sociedad en general.
La consideración de cómo afecta la Responsabilidad Social Corporativa a cada uno de estos grupos, o cómo la perciben cada uno de ellos es un análisis que, hecho en profundidad y con herramientas apropiadas, suele aportar una visión diferente y enriquecedora de los colectivos que componen nuestra empresa o influyen directamente en ella.

Responsabilidad significa capacidad de dar respuesta, y en este caso capacidad de dar respuesta colectiva, esto es, como Organización, a las inquietudes o dificultades sociales de esos grupos.

El problema es que no siempre en las organizaciones existen herramientas que identifiquen inquietudes personales de índole social, aún más, ni siquiera las personas dedican mucho tiempo a reflexionar sobre cuáles son sus inquietudes sociales. No hay falta de conciencia social, lo que hay es falta de tiempo para escuchar esa “conciencia”.

No obstante, existen diversas formas de potenciar la reflexión personal de los empleados con respecto a problemas sociales de su grupo y de otros grupos de interés. Una de ellas son los programas de desarrollo de habilidades centrados en actividades que implican acción social.

El planteamiento es sencillo, innovador y eficaz. Se eligen las competencias que se quieren desarrollar en el colectivo elegido. Se selecciona una acción social, como por ejemplo trabajar con niños desfavorecidos, y se pide al grupo de participantes que diseñe, estructure y realice determinadas actividades destinadas a los niños. Contarán con recursos limitados, que podrán gestionar con total libertad, en el marco de unas reglas preestablecidas y de los objetivos que el grupo se haya planteado.Deberán tener en cuenta muchos factores y relacionarse con protagonistas diferentes, asistentes sociales, normas de las instituciones, niños de distintas edades y culturas, reglamento de la competición, adecuación a las características de los chicos…

Después, llega la hora de realizar el plan diseñado, codo a codo con los niños, y es entonces cuando se ponen en evidencia elementos muy interesantes: ¿ha funcionado la comunicación en el grupo de diseño?, ¿tener interés en agradar a nuestro cliente es lo mismo que agradarle de verdad?, ¿conocemos la realidad de nuestros clientes, o creemos que la conocemos?, ¿somos conscientes de la diversidad de contextos en los que influimos a través de nuestro trabajo?, ¿usamos nuestras mejores cualidades en nuestro trabajo?, ¿equilibramos nuestros objetivos con los objetivos globales que incluyen a otros grupos de interés? Los participantes van solucionando incidencias y dificultades del diseño sobre la marcha y en tiempo real, poniendo en juego sus competencias personales y como equipo.

El programa termina y los niños se marchan. A partir del análisis conjunto sobre cómo han resultado las actividades y el grado de satisfacción de los chicos, se construye una reflexión sobre la responsabilidad social y cómo se traduce en el trabajo cotidiano de los participantes. Además han vivido una experiencia en la que han hecho compatible su desarrollo profesional con el “trabajo para otros”, y han aprendido de ello. Éste es un importante punto de inflexión del que derivan conclusiones inesperadas, entre otras: un aumento de identificación con su compañía, que pone a su disposición herramientas que les permite reflexionar sobre estos asuntos; han podido visualizar su trabajo desde una dimensión más amplia, y en relación con los otros grupos de interés.

Y aquí es donde se une la RSC con el talento individual y colectivo. Las aportaciones individuales suelen ser muy diversas, y unas estimulan a otras. Aunque las vivencias hayan sido distintas y las perspectivas de las que se parten a veces incluso enfrentadas, se genera un debate constructivo. Los talentos individuales hacen surgir un grupo empeñado en generar diálogos y propuestas “inteligentes”.

Levantar la cabeza de los papeles y visualizar el trabajo cotidiano desde la perspectiva de otros y como función social, beneficia a todo el mundo. Sentir que se puede ampliar la utilidad de las funciones individuales provoca lo mejor de las personas porque nos gusta sentirnos protagonistas de verdad. Estamos más dispuestos al compromiso cuando tenemos claro para qué va a servir nuestro esfuerzo. Dedicar tiempo a pensar es una gran asignatura pendiente, por eso cuando se hace la satisfacción es enorme. La responsabilidad social hacia los empleados también significa erradicar de una vez por todas aquello de que “te pago para trabajar, no para que pienses”. Eso mata cualquier tipo de talento.
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