Revista digital
TRIBUNA
febrero 2013

Excelencia vs exigencia

Enrique S. Aranda,
Dirección Intervenciones Formativas de Amfivia

 
Enrique S. ArandaNuestras palabras definen y dibujan nuestra realidad, construyen nuestros límites y perfilan quiénes somos y cómo nos sentimos
Actualmente, tanto las circunstancias como el contexto social y económico nos exige mucho. Constantemente nos pone a prueba midiendo nuestra capacidad para soportar altos niveles de presión, nuestra pericia y nuestras habilidades para obtener resultados.

Nos movemos en un momento exigente. Todos escuchamos al cabo de una jornada de trabajo términos y expresiones relativos al rendimiento, a la consecución de objetivos, a la mejora de resultados…son muchas las organizaciones que invaden su discurso y semántica diaria con palabras como presión, resultado y exigencia.

La línea base de la comunicación, la más superflua, de muchas organizaciones, se nutre de un saco de conceptos que ahondan en la productividad más áspera, en el cumplimiento de objetivos, la mejora de resultados, volúmenes de facturación, superar determinado porcentaje de ventas, aumentar la cifra de…un sinfín de semántica repleta de pesadez y angustia..Si nuestra realidad y nuestro estado de ánimo vive de cómo nombramos las cosas, de nuestro lenguaje, parece fácil adivinar que el día a día no es agradable. Una cultura resultadista instrumentaliza hasta las palabras que usamos para comunicarnos, y éstas alimentan esa dependencia voraz que nos genera el conseguir cosas, obtener el incentivo deseado y, en definitiva, llegar, sea como sea, a lo que se nos exige.

Un clima de exigencia nos moviliza y nos dejamos guiar por aspectos como la presión, las obligaciones, el rigor rutinario, cumplir objetivos, para después, en un tiempo relativamente corto, ceñirnos, sencillamente, a ir tirando. A sobrevivir sin más.

Nuestras palabras definen y dibujan nuestra realidad, construyen nuestros límites y perfilan quiénes somos y cómo nos sentimos.

No nos engañemos todos vivimos de obtener rendimiento, de alcanzar logros. En nosotros está el cómo queremos que sea el proceso. Empecemos por cambiar como nombramos a las cosas.

Donde hablamos de resultados, hablemos de CONSECUENCIAS de hacer bien las cosas. Allí donde aparezca la rutina y el rigor frío, instalemos la ATENCIÓN EN EL DETALLE y la satisfacción por el acabado PRECISO. No son palabras tan sólo, al usarlas hablamos de cómo nos posicionamos ante los retos. Cada palabra nos ancla en la realidad de una
manera u otra en función del término empleado.

Hablemos pues de excelencia, no de exigencia. Definamos un proceso de trabajo por la búsqueda de la mejor versión de este, no por cubrir tan sólo una exigencia o por obtener un resultado. En un entorno de excelencia los resultados son consecuencia del disfrute por hacer las cosas bien y adecuadamente. La ilusión sustituye a la presión, los hábitos saludables de comunicación suplen la aspereza y la frialdad, y la rutina desaparece para dar espacio a la innovación, a la eficacia y al bienestar.
Estilos de comunicación excelentes y saludables derivan en grupos de trabajo eficaces, altamente motivados y con resultados brillantes.
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