Un modelo para crear profesionales competitivos
José Ignacio Ustaran,
presidente de APEL
La reforma que examina en profundidad nuestro modelo laboral también se va a hacer extensiva, según ha hecho saber la ministra Báñez, a otro modelo, el de la Formación para el Empleo; y ya en el Real Decreto Ley se apuntan algunas de las claves sobre las modificaciones que el Gobierno pretende llevar a cabo.
En este sentido, cabe esperar que, en las próximas semanas, se inicie un proceso de diálogo y de trabajo cooperativo entre la Administración y los Agentes sociales, que conduzca hacia un modelo de formación para el empleo que, sin apriorismos ni voluntades rupturistas, ofrezca respuestas a las necesidades de nuestros profesionales para que éstos puedan posicionarse en un entorno como el actual donde la competitividad es la clave para la supervivencia. Y para ello, la nueva propuesta que se está debatiendo tiene que partir de ciertas premisas que efectivamente garanticen soluciones reales.
En primer lugar la nueva propuesta debería contemplar la integración de todos, agentes sociales y empresa privada, garantizando la participación en los distintos campos de actuación de ambas partes. Especialmente durante el ultimo año se ha cuestionado la participación preeminente de los agentes sociales en la gestión de la FPE; sin embargo es justo señalar que, en función de su activa e importante participación hasta ahora, así como por su esfuerzo por desarrollar programas de formación acordes a las necesidades del mercado y las inversiones realizadas por muchos de ellos para dotar al sector de estructuras de formación modernas e innovadoras, no se justificaría su exclusión en el nuevo sistema que se preconiza. Los datos que arrojan los informes de gestión de la Fundación Tripartita de los últimos años, con millones de trabajadores formados y cientos de miles de empresas beneficiadas, forman parte del acervo que en estos últimos quince años se ha consolidado en materia de formación continua.
En segundo lugar el nuevo modelo de formación para el empleo debería ser un instrumento al servicio del mercado laboral que permitiera la coexistencia del Sistema Nacional de Cualificaciones Profesionales con una oferta dinámica y actual resultante de la rápida y constante evolución del mercado.
Para ello se haría necesario seguir desarrollando un sistema equilibrado de formación de oferta y demanda que permitiera, por un lado elegir a los trabajadores libremente la formación que más les interesase y por otro a las empresas el plan más adecuado. En definitiva se trataría de confeccionar un modelo de formación para todos sin limitaciones en cuanto a la oferta y sin la necesidad de que los contenidos adquiridos tuvieran que estar condicionados exclusivamente a un sistema nacional de acreditación ya que este en ningún caso responde a las necesidades globales de un mercado complejo en continua evolución.
En tercer lugar el nuevo modelo debería contemplar la creación de un sistema que obligara a las entidades formativas a trabajar desde la calidad. Un modelo basado en la adaptación de la formación a las necesidades concretas del puesto de trabajo, basado en la idea de atención al usuario; en donde el objetivo fuera cubrir pero sobre todo superar las expectativas del propio alumno. Es por ello que no se debería caer en el error de promover un sistema sometido a una excesiva regulación, creando multitud de normas que acaben constriñendo y desvirtuando los procesos formativos, sino más bien desarrollar un sistema capaz de evaluar el servicio ofrecido. El valor de la formación se cifra en el grado de satisfacción del alumno y en su inmediata aplicación a los procesos de producción y de prestación de las empresas.
Por último, el modelo de formación resultante debería asignar máximo protagonismo a la innovación tanto en su fondo como en la forma. Sólo con la innovación podremos conseguir procesos de formación mas eficaces y útiles, y podremos desarrollar procesos de aprendizaje atrevidos, entretenidos y con capacidad de generar interés e ilusión entre los alumnos.
En este sentido, las nuevas tecnologías al servicio de la formación cobran especial relevancia, especialmente el elearning como metodología complementaria o sustitutiva según los casos de la formación presencial. Se trataría por tanto de apostar por un modelo de formación que considerara al elearning como un aliado estratégico para la mejora y la optimización de los procesos de aprendizaje, que apostara por el desarrollo de contenidos innovadores e interactivos y que se abriera al fenómeno de las redes sociales, permitiendo a los alumnos aportar y compartir conocimiento, construyendo en parte sus propios procesos de aprendizaje, y al profesor supervisar, dinamizar y controlar dichos procesos.
La innovación debería ser un valor fundamental del nuevo modelo por eso se hace necesario avanzar en cuestiones que hoy en día limitan dicha cuestión. Tiene poco sentido que en nuestro país se pueda obtener un grado universitario o estudiar formación profesional reglada totalmente online, y que la formación para el empleo, orientada a la obtención de un certificado de profesionalidad, deba tener necesariamente un componente presencial. Si queremos avanzar es necesario que la Administración adapte el marco normativo al entorno digital y globalizado en el que todos estamos inmersos
En definitiva, el modelo resultante debería contemplar la calidad de la oferta formativa como valor principal para el alumno que decide, y la innovación con la integración de las nuevas tecnologías y sus posibilidades educativas. Y en ello el elearning debe tener el protagonismo que los tiempos le reclaman.