“Me encanta mi trabajo”
Pablo Hernández Medrano,
presidente de BlueMat
La maquinaria de una organización será más eficiente cuanto mejor haya hecho su diseño, engranaje y ubicación, objetivo y especifidades de cada pieza
Sí, lo reconozco. Me encanta mi trabajo. Acaparamos a lo largo de la vida (no sólo profesional) una cantidad de experiencias, conocimientos, vivencias… que, “si tienes la suerte” de poder aplicarlas y rentabilizarlas en una actividad en la que puedas aportar valor añadido o, idealmente, diferencial, que ello te dé reconocimiento, posibilidades de progresión y en una área que te atraiga, o mejor aún, que te entusiasme, a buen seguro te levantarás cada mañana con una sonrisa cualitativamente distinta a la del común de los mortales. Esa sonrisa se reflejará en la cara con unas patas de gallo sensiblemente más profundas que las del resto y ubicadas en zonas distintas de la cara que las arrugas de los cenizos y amargados, los indicadores de las analíticas muy posiblemente estén más controlados y, desde luego, serás mucha mejor compañía para una cena o un paseo.
El entrecomillado de “si tienes suerte” es muy adrede. En esto, como en todo, es precisa una pizca, o un mucho, de ese factor, pero es muchas veces el conformismo, la aversión al riesgo, la comodidad, el desconocimiento “consciente”, el que hace que no estemos en nuestro puesto deseado. Y esa “suerte” aplica también a las entidades que nos contratan.
Con el pesimismo reinante, es más frecuente recibir por correo mensajes muchas veces escatológicos, con “el peor trabajo del mundo” ☺ que, el anuncio de Australia del “Mejor trabajo del mundo” que ganó Ben Southall que tuvo que vivir durante seis meses como cuidador de la Isla de Hamilton. Gran campaña de marketing y magníficos creativos los que la idearon. Bien por el bueno de Ben que no sabemos muy bien si tuvo la mayor suerte del mundo realmente o aquello se convirtió en la saga de Jack Nicholson escribiendo “REDRUM” por los pasillos en El Resplandor.
Mi querido Javier Fernández-Aguado sostiene con gran acierto que “las empresas son las organizaciones con mayor absentismo intelectual”. Es cierto. El “encefalograma plano” es la norma en algunas organizaciones, en áreas de algunas otras y el estado habitual en algunas personas (me resisto a llamarles “profesionales”). La crisis ya se encarga de resolver la primera de las situaciones por la vía rápida. En la segunda hay un problema de management en esa área que ha institucionalizado o permitido una cultura perniciosa para el individuo y la empresa. En la tercera se puede deber a una incorrecta selección, asignación de funciones y/o motivación.
Tanto el empleado como el gerente y la organización, tienen su parte alícuota de responsabilidad. Una organización motivada, dinámica, entusiasta y comprometida es condición necesaria, pero no suficiente para que un empleado individualmente también lo sea, pero, sensu contrario, sí es más probable que un cenizo contagie a su entorno, especialmente cuanto más alto esté en la organización.
La maquinaria de una organización será tanto más eficiente cuanto mejor hecho su diseño, engranaje entre las piezas y la ubicación, objetivo y especifidades de cada una de ellas.
Una persona “apasionada” puede resultar “agresiva” en determinadas funciones, vehemente, fogosa o, definitivamente, un riesgo, fruto de su “entusiasmo desmedido”. Cierro la puerta por dentro cuando estoy con alguien al que “le empiezan a brillar los ojillos” cuando entramos a tratar un tema concreto. No se puede ir sin firmar la incorporación. Son más que diamantes, ángeles de la guarda, porque conocen tanto de su área y ponen tanto interés, tiempo y celo en su trabajo, que se hacen responsables de esa parcela y asumen tantas funciones delegadas como la gerencia o la organización sean capaces de cederles. Y con la máxima solvencia. Un magnífico indicador de las áreas en las que debemos meter el termómetro para ver la situación y abordar iniciativas, tanto en cuanto a elementos estratégicos como en cuanto a la gestión el talento (si es que ésta no es estratégica per se) es preguntar al CEO “¿Cómo de tranquilo está con cada área?”. Un diagnóstico en cascada de esta cuestión en cada nivel de la organización, en un alto porcentaje de los casos, nos lleva a la identificación de las raíces que provocan los resultados preocupantes al máximo nivel de gerencia.
Es preciso un óptimo alineamiento entre los objetivos de la entidad y sus necesidades y las capacidades y aportaciones individuales. De esto se siguen todas las posibles iniciativas de Gestión del Talento, como la definición del diccionario de competencias que han de propiciar el éxito organizativo y ser la base de evaluación de los conocimientos individuales, del gap que deben cubrir los planes de capacitación y desarrollo, la gestión del desempeño, entornos en los que los expertos puedan trasladar parte de su conocimiento al resto de la organización compartiendo mejores prácticas... Con ello conseguiríamos que, de incluir como pregunta base en la encuesta de satisfacción: “Valore de 0 a 10 en qué medida está de acuerdo con ”, recibiríamos a buen seguro un resultado notablemente más alto al de otras entidades similares que no persiguiesen ese óptimo alineamiento, y ello tendría una correlación directa con los resultados de sendas organizaciones.
¿No son temas estratégicos? El proyecto “Me encanta mi trabajo” no persigue dotar a cada centro de trabajo de sala de futbolines o permitir que cada empleado decore su especio a su gusto. Apunta directamente a las principales magnitudes de la organización, y desde RRHH somos los partners internos para facilitar el que ello se consiga.