Revista digital
TRIBUNA
marzo 2016

(Sin) Ética en los negocios

Manuel Miguélez,
manager de Bros Group

 
Manuel MiguélezEn el mundo de los negocios los límites siempre están en juego
Pensemos unos instantes en el término ética. Según la RAE hay cinco acepciones de las cuales nos centraremos en la última: “Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores”. He elegido esta última porque contiene la palabra “bien”, el resto nos habla simplemente de normas y comportamientos.

Cuando pienso en el término ética recuerdo a Fernando Savater y su libro “Etica para Amador” publicado en el año 1991 en el cual enseñaba a su hijo pequeño a vivir éticamente en una sociedad con los valores dañados. La intención del autor era sencillamente que su hijo fuese
una “buena persona” consciente del deterioro moral que le rodeaba.

Vivimos en una época en la que las organizaciones refuerzan sus departamentos legales. La figura del Compliance officer cada vez está más de moda, y los controles son mayores. Una figura heredada del sector financiero, de la gran banca de inversión, un sector denostado que, pese a todos los controles y a la vigilancia de los reguladores, engañó, falseó, careciendo de toda ética buscando resquicios de legalidad en sus actuaciones asesorado por las grandes firmas de auditoría.

Seremos miopes si pensamos que solo la banca carece de ética. Sectores vocacionales como la medicina están salpicados por los grandes escándalos, debidos a los sobornos de la industria farmacéutica, y logran grandes márgenes sobre los pilares de un negocio como la salud, nuestra salud y la de nuestros familiares. Incluso un sector tan estéril y alejado de los grandes beneficios, que dice girar sobre las personas, como son los recursos humanos, y en especial, las grandes consultoras de selección que operan a nivel internacional, muestra síntomas de enfermo prematuro en actuaciones como la forma de “mercadear” con los candidatos (que somos todos); y la presión continua sobre sus consultores, generalmente recién licenciados que abordan el mercado laboral con ilusión y pureza, los cuales están lejos de ser el pilar de sus modelos de negocios, sacrificando calidad y con total ausencia de empowerment sobre sus plantillas; eso sí, contando con grandes presupuestos para sus planes de marketing cargados de leitmotivs que giran en torno a las “personas” y participando en programas de great place to work. Todo vale de cara a la galería.

Cada día seguimos conociendo más casos de corrupción sin distinguir tampoco culturas ni países.

Fijémonos en el caso de Alemania, un país con una cultura noble, alejado del carácter latino, donde en las grandes ciudades puedes comprar un periódico en un dispensador a pie de calle en el que dejas el dinero sobre una cestita, con total accesibilidad para ser robada (probablemente en España a última hora del día no recogeríamos ni un solo
euro).

Alemania se ha visto salpicada por grandes escándalos en dos de sus buques insignias, Volkswagen & Deutsche Bank, empresas de las que hace unos años sus habitantes se enorgullecían y eran admiradas en todo el mundo; los propios trabajadores en sus países de origen sentían un orgullo especial de pertenencia, un employer branding enorme forjado a fuego durante varios lustros.

¿Qué pudo llevar a una empresa como VW a realizar un fraude masivo y probablemente innecesario? Seguramente la respuesta sea la “codicia”.

En el mundo de los negocios los límites siempre están en juego. El ser humano es, por naturaleza y en la generalidad de los casos, un individuo insatisfecho, observamos cómo el que más tiene quiere más. “La codicia no tiene límites”, dicen los taoístas.

Decía Aristóteles que: “Siempre que está en nuestro poder el hacer, lo está también el no hacer, por lo que conviene despejarse de excusas y asumir nuestra responsabilidad en cada acto que hacemos”.

La solución que parece más rápida y efectiva se centra en implantar controles y realizar un seguimiento continuo para impedir que se realice fraude, que se engañe, que se hagan trampas, pero debemos pensar que para conseguir que las organizaciones, las personas, sean éticas y actúen éticamente “hay que cambiar la mentalidad, no solo la justicia”.
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