Revista digital
TRIBUNA
enero 2006

Nada sin las personas

Miquel Bonet,
abogado, profesor y autor de ¡Búscate la vida!

 
Miquel BonetQue el mundo anda revuelto no supone ninguna novedad, de hecho, y desde que entendí que no estaba solo en el universo, he podido comprobar que las personas se enfrentan unas a otras muy a menudo y por cualquier motivo, ya sea por la política, el fútbol o el trabajo. Emocionalmente convertimos la rivalidad en enemistad. Supongo que renunciamos al pequeño esfuerzo de generosidad que supone aprender a escuchar.
Estas cosas que nos pasan como personas las vivimos después en el mundo empresarial cuando hablamos de cambio. La gran cuestión estriba en descubrir cómo debemos hacerlo, y la decisión consiste en apuntarse al modelo clásico de management americano, que ha sido un referente a imitar en los últimos años o bien buscar un modelo propio como hacen la mayoría de pymes. Ambos pueden funcionar, pero no olvidemos que los pequeños y medianos emprendedores son los que mantienen el país.

Naturalmente es una opción individual, precisamente por su relación con las personas. En realidad, y desde la óptica del empresario o líder, todo se traduce en dos caminos: o bien se pueden focalizar los resultados utilizando todos los recursos necesarios, especialmente los humanos, para llegar al fin propuesto; o bien podemos decidirnos por un proyecto y una estrategia basada en las personas, y desde allí llegar a los resultados. Ésta es la gran decisión que determina, además, la estrategia de valores de cada compañía.

Estamos acostumbrados a leer los valores de una empresa a través de una declaración de buenas intenciones, ya sea colocada en un marco de la sala de recepción o como preámbulo del discurso de Navidad; pero en realidad todos los que nos dedicamos a esto sabemos que los valores, igual que la educación, tienen que ver con las creencias y marcan la pauta de conducta de cualquier persona y grupo.

ier persona y grupo. Es cierto que no resulta nada fácil mantener un proyecto empresarial rentable y a la vez sostenible, preocupándose especialmente del trabajo de las personas, pero es posible, y sino que se lo pregunten a empresas tan representativas como La Fageda en Olot, con una cuota de mercado apreciable en el mundo de la distribución de lácteos, o también a cualquier pequeño empresario que vende confianza y credibilidad a través de sus servicios por el sólo hecho de comprometerse a hacerlo lo mejor posible.

Cualquier modelo empresarial obviamente incluye a las personas, y lo único que cambia finalmente es la forma en que intervienen en el mismo.

Naturalmente estamos dispuestos a dar en la medida en que somos tratados en los tiempos que corren. Se requieren profesionales capa- ces de autoprogramarse para atender los cambios que exige la competitividad, pero de la misma forma que un junco es capaz de doblarse sin llegar a romperse, cualquier ser humano tiene la capacidad de mantenerse rígido y funcionar como un autómata o bien adaptarse al cambio; sólo depende de su voluntad, y eso se traduce en compromiso.

Estamos en el umbral de un nuevo año, que posiblemente nos sorprenderá a todos, y las empresas, o mejor, las personas que trabajamos en ellas se supone que hemos aprendido algunas lecciones del pasado. En realidad, no hace falta que nos preparemos para cambiar, porque no sabemos cómo habrá que hacerlo, pero es bueno que nuestra actitud sea distinta, y los que viven su vida profesional como un problema a resolver quizás tendrían que vivirla como un misterio a descubrir.

Sin pretender caer en ninguna utopía, creo que la mayoría suspiramos por tener empresas que:

• Creen y desarrollen productos útiles y empáticos –pensando en el que los va a comprar–. Nadie debería producir nada que no estuviera dispuesto a consumir él mismo.

• Las relaciones con los clientes deberían superar el nivel de proveedor para convertirse en un partner. Además, podrían conectar sus propios valores con los empleados y clientes para asegurarse la calidad productiva y la fidelidad, pero de forma especial deberían compartirlos también con sus accionistas, así garantizarían sus recursos económicos.

• Tendrían que preocuparse por integrar a personas capaces de convertir su trabajo en una experiencia. Ser capaces de crear un entorno seguro y agradable.

• Aprenderían a gestionar la diversidad, porque la diversidad cultural sólo se descubre a través de la comparación; quien lo ignora pierde la capacidad de crecer.

• Fomentarían la innovación a pesar de tener que asumir algún fracaso, porque si no arriesgamos no aprendemos nada.

• Y muy especialmente, sabrían gestionar su capital humano, buscando el talento de la actitud, porque de nada sirve tenerlo si no se comparte con los demás.

Quiero huir de cualquier definición que suene a modelo a imitar, pero tengo el convencimiento de que mucho más allá de este ideal de éxito debemos encontrar una fórmula individual que dé sentido a lo que hacemos.

¿Cúantos directivos dedican el tiempo necesario a pensar? Sí, es cierto que la presión del día a día impide que reflexionemos, pero tomamos demasiadas decisiones sin pensarlas. Y además, esta forma de dirección autista impide desarrollar nuestra intuición, los problemas nos llevan a perder el control de las situaciones y esto crea inseguridad. Vivimos la vida para estar atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor.

Si aprendiéramos a meditar, y durante un espacio de tiempo nos limitáramos a saber “estar”, podríamos ser capaces de ver nuestras limitaciones y desde allí descubrir nuestras capacidades. No olvidemos que la gente sigue al líder por afinidad y, por tanto, exige coherencia y fe en el futuro.

Y, muy especialmente, necesitamos comunicarnos más con la gente, escucharlos para tener una visión compartida que favorezca la confianza entre los equipos. Esto sólo se consigue verbalizando, aprovechando la complementariedad, asumiendo que detrás de cada ser humano existe un proyecto personal que difícilmente podemos comprometer si no se siente bien tratado, reconocido y, si es posible, querido.

En conclusión, la tarea de una empresa del siglo XXI debe ser la de acompañar a cada uno de sus colaboradores en su crecimiento personal. Ésta es la diferencia entre las empresas que se preocupan por la gente y las que no lo hacen.
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