Revista digital
TRIBUNA
septiembre 2013

¡Qué duro es lo 'soft'!

Borja Milans del Bosch y de Oliva,
coach ejecutivo y coach de Equipos de Coaching360

 
Borja Milans del Bosch y de OlivaRecientemente leí una afirmación de Daniel Goleman que me dejó reflexionando: “Nos contratan por nuestras capacidades intelectuales (y técnicas) y nos despiden por nuestras incompetencias emocionales”.
En RRHHpress.com, un artículo hace referencia a un estudio de ManpowerGroup España. En él, leo: (...) cada vez más los directivos ponen de manifiesto una serie de déficits en las competencias “soft” o de empleabilidad, como pueden ser la motivación, la flexibilidad, la adaptabilidad al cambio o la capacidad de trabajo en equipo, por ejemplo. A pesar de que los conocimientos técnicos y la experiencia siguen siendo partes primordiales (…), actualmente las organizaciones dotan de mayor importancia a estas competencias en los procesos de selección.

Un poco más adelante, dice: Sin embargo, una parte considerable de los directivos entrevistados prevé actualmente escasas medidas para compensar la carencia de habilidades que ellos mismos han identificado (...)

Es decir, las competencias que más caras nos salen cuando flojeamos en ellas son las que tienen que ver con la persona, con cómo somos por dentro, con cómo nos comportamos y proyectamos hacia fuera, con nuestros modelos mentales y sistemas de creencias, con aquellas que son clave para relacionarnos con los demás, trabajar en equipo, liderar proyectos y desenvolvernos con personas de todo tipo, edad y experiencia profesional.

Adquirir una sólida formación y una experiencia adecuada es cuestión de tiempo y oportunidades. Sin embargo, comportarnos desde la empatía, desarrollar la escucha, crecer en emociones e inteligencia emocional, incorporar sistemas de comunicación para el entendimiento, o ser conscientes de la propia forma en que nos expresamos y cómo impactamos en los demás o cómo acogemos la crítica, es complejo. Igual que lo es identificar qué barreras mentales nos construimos o cómo fundamentamos nuestros juicios -los que tenemos sobre nosotros mismos y los que lanzamos sobre otros-. Esto que es más complejo de lo que parece debe ser aprendido, puesto en práctica, revisado y ejercitado día a día, de forma permanente.

Tener la pared llena de títulos es absolutamente inútil si mi incompetencia emocional me pone contra esa misma pared. Dicho con otras palabras, los conocimientos técnicos -la parte “hard”- nos igualan con otros antes o después en el mundo del trabajo; las competencias emocionales -la parte “soft”- son las que siempre marcan y marcarán la diferencia.

En cualquier ámbito de nuestras vidas, nos desenvolvemos sobre la base de tres grandes parámetros de relación que tenemos el deber de aprender, desarrollar y ofrecer, aunque sea duro hacerlo:

Confianza: Ofrecer credibilidad a la persona con la que nos relacionamos, que nuestro histórico y experiencia nos avalen. Que nuestra palabra y nuestros actos transpiren veracidad.
Rectitud: Ofrecer unos comportamientos ajustados con la moral y los valores humanos, con sentido íntimo de honestidad y proyección de honradez, respetando los compromisos adquiridos, siempre con limpieza de intención y sin dobleces fruto de conveniencias egoístas.
Actitud: Ofrecer un empuje y entusiasmo inspirador, generador del contexto propicio para una buena comunicación y entendimiento, para crear un espacio que favorezca una franca relación en la que nuestros interlocutores puedan expresarse y trabajar con libertad, todo ello impregnado de un positivismo constructivo.

Sólo al ofrecerlos los recibiremos. Es sencillo. Cuando yo doy, alguien recibirá de mi. Del mismo modo, también yo recibiré de alguien. La parte dura de esto es que son contados los que se atreven a barnizar su quehacer profesional de semejante ejemplaridad. Recuerda que queremos trabajar en equipo, demandamos liderazgo y repetimos, una y otra vez, que debemos mejorar en comunicación.

Una persona se convierte en “profesional”, cuando su parte “soft” acompaña al 100% a su parte “hard”. Es decir, cuando sus conocimientos técnicos van envueltos de confianza, rectitud y actitud de forma permanente. Desde ahí es desde donde nacerá el trabajo en equipo, la comunicación, el liderazgo, motivación, etc. Todo lo demás, ensombrece nuestro desempeño profesional y lo convierte en mediocre antes o después. No se trata de ser el abnegado empleado o de ser el sacrificado directivo, se trata de tener presente que allá donde tengamos que realizar un trabajo, lo hagamos poniendo nuestro mejor conocimiento, nuestra mayor responsabilidad humana y la más limpia intención interior.

¿Cuánto reconocimiento y aprecio te gusta recibir?, ¿el 100%?, ¿y cuánto reconocimiento y aprecio ofreces?, ¿supera el 10%?

¿Te gusta que te digan las cosas bien, con buen tono y en buena actitud?, ¿y tu, podrías mejorar en tu estilo y manera en que las dices?

¿Te gusta que te dejen con un “no” y ya está, o agradeces una visión alternativa y positiva para poder aprender y adquirir experiencia?

Es el momento de cuidar de su estado de ánimo, y del tuyo; y de exigirles mucho, y a ti mismo/a, también; pero desde la responsabilidad de una rectitud ejemplar, el empuje de una actitud que ilusiona y la garantía de una confianza que aglutina, que da seguridad y que invita a que todos despleguemos lo mejor “soft” que hay dentro de nosotros.

Cuando ofreces y recibes respaldo en la dificultad para que des el máximo, contribuyes a que aflore su talento y el tuyo. ¡Claro, esto requiere humildad! …y eso es muy duro.
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