Cómo la revolución dio paso del autoritarismo a los recursos humanos
Carlos González,
Dir. del Master en Dirección de Personas de ESIC Barcelona
La revolución industrial fue un punto de inflexión. Acabó con el sistema de organización gremial dando lugar a un nuevo paradigma de trabajo: la automatización del trabajo y la consideración progresiva del trabajo como una pieza clave dentro de un engranaje destinado únicamente a producir.
Las personas eran consideradas como instrumentos, como parte de la máquina o una herramienta más de la cadena de producción. Esto nos llevó claramente a un camino de empeoramiento de la calidad de vida, de jornadas abusivas y condiciones de trabajo totalmente precarias.
A finales del siglo XIX y principios del XX, empezaron a surgir en algunas empresas departamentos de bienestar, con un objetivo claro: prestar ayuda asistencial a trabajadores en situaciones críticas. Algo que por aquella época era tan habitual, hizo de los departamentos de bienestar una acción totalmente necesaria.
Aún así no fue hasta principios del siglo XX cuando, de forma incipiente, se empezaría a valorar realmente la importancia de prestar atención a los trabajadores. No solo en cuestiones físicas, sino en cuestiones psicológicas.
Y vino el periodo de entreguerras.
Un periodo con un desarrollo de leyes en defensa de los derechos de los trabajadores, regulación de las horas de trabajo y movimientos a favor de la mejora de condiciones laborales. Estos fueron los primeros pasos de lo que hoy conocemos como las áreas de RRHH.
Los llamados departamentos de bienestar dieron lugar, en algunas empresas, a oficinas de gestión más especializadas, centradas en cuestiones relativas a la retribución, regulación y amonestación de los empleados y, con el tiempo, empezarían a tener en cuenta también las contrataciones y los despidos.
Y aún así no sería hasta los años sesenta cuando se empezaría a considerar, por parte de teóricos como Elton Mayo, la importancia de observar las relaciones entre empresa y empleado más allá de óptica taylorista imperante, para centrarse en buscar la satisfacción del empleado dentro de la empresa, dejando de ser un sujeto pasivo a un activo que potenciar y desarrollar.
Si sumamos el contexto cambiante de los años sesenta y setenta junto con estos estudios en favor del bienestar del trabajador, nos encontramos con la semilla que impulsó una etapa de desarrollo en el área de Recursos Humanos en los ochenta.
Fue en los noventa cuando se empezaron a dar los grandes pasos de los que serán a día de hoy los recursos humanos, a través de las nuevas estructuras organizativas, la necesidad de contar con perfiles más especializados y el desarrollo de corrientes que ponían en valor al empleado y la necesidad de cuidarle y favorecer su desarrollo personal.
A día de hoy parece totalmente inconcebible que tanto medianas como grandes empresas no tengan un departamento de RRHH. Tanto es así que su importancia tiene el mismo peso que otras áreas de la misma empresa.
Con labores mucho más allá de la administración del personal y en contacto con gerencia, los departamentos de RRHH llevan a cabo políticas de selección basadas en la igualdad, en estrategias para beneficiar el salario emocional del empleado y con unos buenos planes de desarrollo formativo y personal.
Siendo por ello un departamento totalmente esencial y necesario dentro de una empresa, del que dependerán tanto las nuevas incorporaciones como la aplicación de políticas, salario emocional y gestión de las personas que ya formen parte de la empresa.
Llegados a este punto, me gustaría lanzar una breve reflexión para todos aquellos que estamos enfocados en el desarrollo de personas en las empresas.
Con frecuencia, centramos nuestra atención en los retos de futuro, metas que, como técnicos, responsables o directores de Recursos Humanos, afrontamos y planificamos a través de diferentes estrategias conjuntamente con nuestro equipo.
No obstante, no debemos olvidar que, en poco más de un siglo, hemos pasado del autoritarismo imperante a la situación actual, en la que el trabajador está en el centro del desarrollo de toda organización, teniendo en cuenta que no ha sido una evolución equitativa a lo largo de estos años, sino más bien exponencial en los últimos treinta.
Por supuesto, aún queda mucho por hacer pero, hasta la fecha, podemos sentirnos afortunados de ejercer una profesión centrada en las personas, una profesión que, hace algo más de medio siglo, casi nadie hubiese creído que existiría dentro del mundo empresarial; una profesión, en definitiva, abierta, en constante desarrollo y siempre perfectible.