Revista digital
TRIBUNA
diciembre 2009

La formación, variable estratégica

José María Suárez Campos,
director adjunto a la Dirección General de ESIC

 
José María Suárez CamposUn profesor de nuestra escuela solía decir a sus alumnos, al comenzar un nuevo curso: “En el mundo en que estamos, quienes sepan hacer algo tendrán trabajo; quienes sepan por qué y para qué se hace serán sus jefes”.

Hablar sobre la importancia de la formación, en general o referida a las empresas, constituye ya un tópico. Pero, este tópico, como muchos otros, encierra una verdad... Claro que, para comentar siquiera ligeramente dicha importancia, hay que empezar por acotar de algún modo el objeto de reflexión, porque “formación” es un concepto muy amplio y que se desarrolla desde muchas perspectivas. El hombre recibe “formación” desde que nace y esa formación le permite adaptarse a sus entornos sucesivos –o, si se quiere, adaptar esos entornos a su propio yo–. En ese sentido amplio, la formación es algo que nos llega “desde fuera” y que nos da forma (nos conforma) en nuestro propio ser y en nuestras acciones hacia el exterior. No es sólo ni primariamente algo de tipo intelectual sino de aprendizaje en todos los sentidos, aunque paulatinamente ese aprendizaje va adquiriendo un perfil racional mayor, precisamente al compás de nuestra toma de conciencia sobre los “por qués” y los “para qués “. La formulación de tales preguntas y la capacidad y necesidad de responderlas son una de las causas de que la especie humana, compuesta de personas individuales cada una de las cuales incorpora de modo continuo su propia experiencia y la de la sociedad en la que vive, sea capaz de encontrar respuestas innovadoras y, en consecuencia, de progresar.

Pero no es éste lugar para detenernos en meditaciones más o menos filosóficas o antropológicas ni para referirnos a la formación en general. Hablemos, por tanto, de la formación no en sí misma, en su valor de perfeccionamiento de cada persona y del conjunto social, sino de la formación para fines concretos. En nuestro caso, de la formación para la empresa, es decir, de la formación orientada hacia la consecución de los fines de la empresa. Y, concretando más, de la empresa de hoy.

La concepción tradicional de los fines básicos de la empresa subraya la creación de valor, la prestación de bienes o servicios útiles e incluso el objetivo fundamental de la supervivencia. En realidad, como se advierte, se trata de un sistema de fines estrechamente interrelacionados y que deben conseguirse en un entorno social, cultural, económico y político dado. En definitiva, la empresa es una institución, es decir, algo creado con capacidad de durar y para realizar una idea o un fin básicos, aceptando para ello riesgos razonables. Y, naturalmente, para la consecución de los fines y la capacidad de durar la empresa debe proveerse de medios o recursos. Tal es, en definitiva, el concepto de capital, aplicable desde siempre a los recursos financieros, pero que, en nuestros días, se aplica también a los recursos humanos, que constituyen en realidad la verdadera potencialidad de las organizaciones y las empresas, aunque, naturalmente poseen valor en sí por su dignidad como personas, según mantiene una larga tradición occidental, de San Pablo a Kant, de Sócrates a Max Scheler.

Precisamente el reconocimiento de esa dignidad significa, como corolario y con validez no sólo en la esfera de los principios éticos sino también en el ámbito de la eficacia empresarial, que tanto los objetivos y los fines como los medios de actuación deben ser, en lo posible, participados y no meramente impuestos. Se trata de crear un clima de confianza en las personas, de fomentar la responsabilidad e iniciativa, de reconocer el derecho a que cada persona de la empresa sea juzgada por su actuación relacionando resultados y medios. También la posibilidad y conveniencia del trabajo en equipo, de modo participativo.

En este sentido y para hacer posible la eficacia del “capital humano”, la formación es una variable estratégica para la empresa y para las personas mismas que la integran. Siempre lo ha sido, pero acaso más que nunca en nuestra sociedad, que ha sido llamada “del conocimiento”, aunque acaso sería mejor calificarla como “sociedad del pensamiento”, denominación que me parece más precisa porque comprende además el análisis, la reflexión y la toma de decisiones.

En efecto, la formación supone para la empresa, al menos, los siguientes ejes de eficacia:

  • creatividad / innovación
  • productividad / rentabilidad
  • competitividad / éxito en los mercados

Y para las personas:

  • autoperfeccionamiento y realización personal
  • empleabilidad

Itinerarios de desarrollo en la empresa
Las posibilidades de la formación como instrumento estratégico se hacen muy patentes en economías como la española y otras de países desarrollados que no pueden competir sobre la base de materias primas o fuentes energéticas abundantes y baratas, y cuya productividad depende de modo muy directo de la creatividad y la eficacia del trabajo humano.

Todo esto desemboca en la organización y la extensión del sistema educativo a todos los niveles, desde la enseñanza infantil a la universidad y a las escuelas de dirección y en la exigencia de que se tengan en cuenta no sólo los saberes fundamentales –que deben, desde luego, investigarse y transmitirse– sino también los que se orientan a una interrelación entre sistema educativo y tejido empresarial. Y queda luego la necesaria formación que es responsabilidad de las empresas mismas y en la que juegan su papel los niveles de tecnología, los tipos de producto, la cultura de la empresa y, en general, las múltiples circunstancias que personifican los puestos de trabajo concretos en empresas concretas.

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