TRIBUNA
septiembre 2016

Las emociones positivas en el liderazgo

Marcos Martínez Jurado,
Departamento de Formación y Desarrollo de Euroforum

 
Marcos Martínez JuradoHablar de liderazgo vuelve a estar de moda, si alguna vez dejó de estarlo. De un tiempo a esta parte, una ingente oferta de publicaciones sobre esta temática ha anegado los estantes de las librerías del mundo entero.
Son muchas las personas que pretenden arrojar luz, encontrar respuestas y soluciones creativas en su ejercicio de liderazgo cotidiano tanto a nivel personal como profesional. La evidencia nos dice que, más allá de los importantes conocimientos técnicos y de gestión, cada vez más directivos manifiestan abiertamente un marcado interés en conocer los resortes psicológicos y emocionales que mueven a las personas en el seno de los equipos de trabajo.

Descubrir tanto las motivaciones individuales como las corrientes afectivas que impulsan la conducta grupal, es uno de los principales objetivos para muchos de ellos en su labor inspiradora.

Gracias al auge que la Inteligencia Emocional ha venido experimentando desde la última década del siglo pasado, cada vez más responsables con personas a su cargo son conscientes de la importancia de saber gestionar las emociones en su día a día.

La complejidad del entorno actual y de las propias relaciones humanas convierte el conocimiento emocional en un aliado de excepción a la hora de liderarse a sí mismos y a los demás. De hecho, existe una creciente curiosidad no ya sólo por saber abordar acertadamente las emociones negativas: Cada vez más directivos se muestran interesados en conocer los efectos de la promoción de las emociones positivas en los entornos laborales. En paralelo, en algunos lugares del mundo, los psicólogos del trabajo desarrollan investigaciones e implementan programas formativos con enfoques innovadores siguiendo esta misma línea dirigidos a la mejora del clima organizacional y el aumento de la productividad.

Por poner un ejemplo, hoy sabemos que la alegría se relaciona con un incremento del rendimiento, la creatividad, el optimismo y la flexibilidad mental, lo cual redunda en una mayor capacidad para encontrar soluciones adecuadas a problemas complejos. Aquellos que experimentan esta emoción a menudo se relacionan con sus semejantes a través de un vínculo constructivo, orientado a la colaboración, y muestran una mayor resistencia frente al estrés.

Del mismo modo, el respeto suele ser la moneda de cambio habitual en el marco de sus relaciones interpersonales. La vivencia de las emociones positivas amortigua el impacto de la afectividad negativa, potenciando la resiliencia y, por extensión, la madurez de las personas que integran los equipos de trabajo. En otras palabras, el estímulo del afecto positivo, aplicado juiciosa y productivamente, abre puertas hacia un horizonte remozado en las relaciones laborales. Conduce a los equipos hacia una mejor versión de sí mismos, revirtiendo en un fortalecimiento del sentido de pertenencia y en un menor abandono del proyecto empresarial.

No hacen falta grandes cábalas para concluir que las personas permanecen en aquellas empresas en las que se sienten a gusto y partícipes, marchándose de aquellas que no cumplen sus expectativas en cuanto a unos criterios mínimos de consideración, desarrollo y felicidad.

Decía el celebérrimo Peter Drucker que innovar es encontrar nuevos o mejores usos a los recursos de los que ya disponemos. Y, a este respecto, tanto las emociones positivas como las negativas han acompañado al ser humano desde sus orígenes.

Comprender a fondo la dimensión humana de cualquier trabajador permite desarrollar mejores profesionales y fragua mejores líderes, más acordes con lo que el contexto y la sociedad actual demandan. De hecho, los líderes que combinan competencias técnico-profesionales y socio-personales, esforzándose por encontrar el tan preciado equilibrio, obtienen el reconocimiento sincero de sus equipos de trabajo y su lealtad. A veces, algo tan sencillo como imprimir cierto sentido del humor a según qué cosas o una ligera sonrisa, son la distancia más corta entre el éxito y un lugar indeterminado en el continuo espacio-tiempo de las organizaciones.
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