TRIBUNA
dosier Febrero 2014 nº:102
Nuevo año, nueva realidad
Javier Martin de la Fuente,
socio y CEO de Grupo Persona
El cambio de ciclo necesita de dos conceptos para su consolidación: rentabilidad y eficiencia
Acabamos de abrir la puerta de un nuevo año, para muchos de nosotros un nuevo ejercicio económico. Un reto que se repite año a año. Cada organización buscará alcanzar su presupuesto: en facturación, en contención de costes, en inversión y, cómo no, la rentabilidad; el ratio estrella. En el arranque de este nuevo e incipiente ciclo económico, la consolidación de la llamada recuperación será una de las frases del año.
El cambio de ciclo necesita de dos conceptos para su consolidación: rentabilidad y eficiencia.
No son términos que se puedan contemplar exclusivamente desde la óptica económica, pero sí con un grado de correlación positivo.
Consolidar el avance positivo de los datos, en un mercado maduro en términos generales, precisa centrar la acción de la organización empresarial en el cliente.
Poner foco en el cliente no es únicamente mirar a la oferta de nuestros servicios y productos y, ponerla en relación con la demanda existente; es, más bien, orientar la organización, incluidas las áreas de soporte, hacia el servicio integral al cliente. Por lo tanto, todo proceso y acción de la organización debe tener en cuenta el impacto que se realiza sobre el cliente.
Para conseguir que los empleados pongan el foco en el cliente, hay que trabajar sobre cuatro áreas concretas: procesos, liderazgo, desarrollo y mentalidad.
Procesos. Es el momento de revisarlos,.. de hacerlos más eficientes. Tarea que no acaba nunca. Un proceso siempre puede ser más eficiente. La clave se encuentra en que sea la propia unidad que lo desarrolla, la que busque continuamente su mejora (“mejora continua”).
El conocimiento del impacto que tendrá cualquier proceso en el cliente final capacita a sus actores para abordar esta ingente tarea. En los últimos años la aplicación de los sistemas de gestión basados en el lean management se está haciendo un hueco en nuestras organizaciones. Ello implica, entre otras cosas: equipos de gestión con cargas de trabajo variables, ajustes constantes en los tiempos dedicados a las tareas y el reconocimiento del impacto que cada persona tiene en cliente a partir de su acción en el proceso.
La búsqueda de la eficiencia comienza con procesos eficaces.
Liderazgo. La manera en que las personas asumen, entienden y ejecutan los procesos, determina el grado de eficiencia que éste puede alcanzar. Un proceso por sí mismo puede ser eficiente teóricamente, en la práctica esto dependerá del equipo de personas que lo ejecutan.
El liderazgo eficiente comienza en el propio líder y comprende trabajar en tres aspectos fundamentales:
– “Auto-liderazgo o liderazgo de uno mismo”. Sin un reconocimiento profundo de cómo soy, de cómo siento, de mis limitaciones y mis trampolines, difícilmente podré gestionar personas, al menos de manera eficiente. En especial, el liderazgo personal comienza con saber gestionar su inteligencia emocional.
– “Gestión de las relaciones por influencia”. Las empresas están compuestas por personas, además de por otros factores de producción. Lo que determina que los procesos de coordinación en la organización sean eficientes son las relaciones entre las personas. Uno de los objetivos del líder es la de fortalecer, mejorar y “engrasar” las relaciones entre las personas que componen los equipos y también, el resto de la organización. La manera en que las personas se relacionan determina el clima de confianza, la capacidad individual de motivación y de ahí, el compromiso con el objetivo organizacional. Para ello, saber comunicar es clave.
– “Pensamiento estratégico”. El líder debe asomarse al futuro: al mundo de la incertidumbre. Para conseguirlo, debe ser consciente del entorno en el que desarrolla su acción: conociendo, analizando, tomando decisiones, arriesgando… Y ello, en estrecha comunicación con su equipo y con el cliente. El líder ha de ser consciente de que la eficiencia se encuentra en no esperar que algo ocurra sino en adelantarse al acontecimiento.
Desarrollo. La transmisión de conocimientos y el desarrollo de habilidades con visión de corto, medio y largo plazo, son la base de la correcta ejecución de los procesos y la continuidad organizativa.
Los adultos, en primera instancia, aprendemos como los niños: jugando. La formación ha de buscar la transferencia de lo aprendido al puesto de trabajo; trabajar sobre las circunstancias reales que cada persona encuentra en su día a día. Las nuevas teorías de formación han evolucionado hacia modelos más pragmáticos y realistas: mucho más centradas en facilitar la ejecución de los procesos y obtener resultados, que en acumular conocimientos. Es, en este sentido, donde cobran realidad nuevas metodologías formativas, individuales o en grupo, como la introspección desde la realidad, el coaching de equipos o el coaching grupal, los simuladores, los entorno colaborativos, el papel de los observadores,…
Mentalidad. Cada uno de nosotros hemos desarrollado un modelo mental y actuamos desde el mismo, influyendo de manera determinante en los procesos. Es el modelo mental el que hace que alcanzar una tasa de eficiencia sea más fácil o difícil. El positivismo, la resiliencia, la humildad o la gestión de las emociones son claves.
Ver el entorno como una oportunidad y no como una amenaza dota a la persona de un grado de responsabilidad superior y le hace protagonista de su acción. En sentido, la neurociencia aplicada a la empresa, el coaching en sus diferentes corrientes metodológicas o los programas de mentoring son herramientas de uso cada vez más frecuente.
En conclusión, la consolidación de la nueva circunstancia
económica dependerá en gran medida de las emociones individuales y colectivas, no tanto de la racionalidad de los procesos.