¿Cómo medimos nuestro éxito laboral?
Rafael San Román,
Psicólogo, Content & PR Manager de ifeel
Conceptos como éxito y fracaso tienen mucha presencia en un entorno tan competitivo y dinámico como el nuestro, que da lugar a culturas corporativas de las mismas características que impactan significativamente en el bienestar de los empleados.
Los logros que podemos conseguir a lo largo de nuestra carrera son muy diversos. Sin embargo, no siempre diversificamos los parámetros para valorar si estamos alcanzando nuestras metas o juzgar si lo han hecho las personas de nuestro alrededor. Damos por hecho que el éxito o fracaso profesional solo se miden en términos económicos o, como mínimo, de estatus o prestigio.
De esta manera, llegamos a la conclusión de que una persona ha tenido éxito en su carrera profesional si tiene un sueldo elevado o, también, si obtiene mucho reconocimiento público en forma de ascensos, notoriedad, un buen puesto, premios, diplomas... Aunque no está claro que lo garanticen, todas estas cosas pueden contribuir muy positivamente a la motivación laboral y la autoestima de la persona que los disfrute pero, ¿son necesariamente sinónimo de éxito profesional?
En realidad, reducirlo todo al dinero o los aplausos que alguien reciba es un criterio bastante endeble para medir el éxito profesional: tengo mucho dinero pero, ¿en comparación con quién, con la media de mi país, con mis amigos, con los multimillonarios que cotizan en bolsa, con las personas que viven en la calle? Quizá soy un profesional bien considerado pero, ¿se ajusta eso a mis valores?, ¿me satisfacen esos méritos a un nivel más profundo?
La famosa teoría de la comparación social nos indica que evaluamos nuestras cualidades con un método verdaderamente simple: comparándolas con las de los demás.
De este modo, llegamos a la conclusión de que estamos bien o mal situados en el continuo que va del fracaso al éxito profesional en función de cómo lo están los demás… siempre a nuestro juicio. Si percibimos que los demás están peor que nosotros, nos sentimos bien; si, por el contrario, percibimos que les va mejor que a nosotros, nuestro ánimo decaerá. Lo importante, por tanto, es decidir con quién nos comparamos, no vaya a ser que siempre salgamos mal parados en las odiosas comparaciones. Cuestiones de este tipo pueden ser tenidas en cuenta, por ejemplo, a la hora de administrar a los empleados una encuesta de clima laboral.
Cada cual “decide” sus criterios para evaluar lo bien que está en algo tan abstracto como el éxito profesional. Si, por lo que sea, tendemos a medirnos en función de estándares inalcanzables, la única conclusión a la que llegaremos es que hemos fracasado en nuestra carrera.
Piensa también qué categorías utilizas para evaluar si eres o no una persona exitosa en tu profesión. Si solo tienes en cuenta el dinero o estatus pensarás que has fracasado si tu trabajo tiene poco prestigio social o si no tienes un cierto sueldo.
En realidad, cada cual tiene que definir a su manera su propio éxito profesional. Hay quien juzga que el éxito es sentirse a gusto con la propia vida y disponer de tiempo, dinero y salud suficiente como para volcarse en las actividades que le hacen disfrutar. Para otros el éxito es ser autónomos y, valerse por sí mismos, haber superado dificultades que consideraban insalvables o haberse convertido en personas mucho más sabias y maduras de lo que fueron tiempo atrás. no es solo conseguir mucho dinero (eso sería éxito financiero, pero poco más) sino vivir de acuerdo a los propios valores, para lo cual hace falta tener un trabajo que conecte bien con nuestras características y necesidades. También
Conocer cuál es la medida de nuestro éxito y en función de qué concluimos que hemos fracasado es importante, ya que influirá mucho en nuestra autoestima, nuestra frustración vital y, en definitiva, en nuestra realización personal.