Revista digital
TRIBUNA
febrero 2009

El momento crítico

Miquel Bonet,
abogado, dir. Programas de Competencias Directivas de IL3

 
Miquel BonetCuando las cosas que ves no son como parecen, lo más seguro es que alguien no esté diciendo la verdad; pues bien, a la economía le pasa algo parecido a lo que ocurre con los seleccionadores de fútbol: mientras funciona, todos acertamos en la alineación, pero cuando hay crisis entonces nos miramos unos a otros exclamando: “Si yo ya lo veía venir; así no vamos a ningún lado, pues vale, pues... No me alegro nada, pero ahí está, nadie tiene la culpa, porque a lo mejor la culpa es del sistema”.

Cuando las cosas que ves no son como parecen, lo más seguro es que alguien no esté diciendo la verdad; pues bien, a la economía le pasa algo parecido a lo que ocurre con los seleccionadores de fútbol: mientras funciona, todos acertamos en la alineación, pero cuando hay crisis entonces nos miramos unos a otros exclamando: “Si yo ya lo veía venir; así no vamos a ningún lado, pues vale, pues... No me alegro nada, pero ahí está, nadie tiene la culpa, porque a lo mejor la culpa es del sistema”.

No estoy para emborronar un papel con demagogia, en serio, pero aquí nadie se aclara, todos tienen justificaciones y hasta recetas, y seguro que habrá algunos que van a encontrar sus oportunidades. Porque ya se sabe lo del “a río revuelto”. Y es que todo parecía tan obvio que nadie lo veía, aunque con las bolas de nieve ocurre lo mismo que con el miedo: que se alimenta de la fantasía y la cobardía del otro.

Hace cuatro días que estábamos hablando de reducir la jornada laboral, de la conciliación y de trabajar menos y disfrutar más. Nuestro Gobierno repartía 400 euros por barba, como hacían con las estampitas del catecismo en los años 60, presentando el país de las maravillas, en el que todo es soportable en las anchas espaldas del Estado. La octava maravilla, perdón, digo, la octava potencia industrial, pero a la cola de la productividad. ¿De dónde sacan las encuestas?

No ha pasado ni un año desde que la mayoría de los jóvenes sin experiencia subastaban los puestos de trabajo, se permitían esquivar entrevistas de selección, cambiaban de empresa sólo para evitar desplazarse y trabajar media hora menos, pero sin renunciar a pasarse el fin de semana “quemado” en ocio y pateándose el salario íntegro gracias a la beneficencia de unos padres excesivamente tolerantes.

Se trata de vivir, decían algunos “enterados”. No se vive para trabajar, pues vale, será así, pero alguien deberá pagar por lo que gastas...¿no?

Lo malo es que está filosofía de comodidad y de no esfuerzo se ha acuñado en las familias a menudo con la mejor intención. Estas “santas” madres que preparan fiambreras a sus treintañeros están fomentando la cultura de la inutilidad, pues todos sabemos que sólo se aprende de la experiencia, igual que el ir en bicicleta. Allanar demasiado el camino es el peor error que puede cometerse y por eso, después de 15 años de progreso, tenemos a casi dos generaciones que no están preparadas para soportar la crisis, porque ni siquiera la entienden. Además lo que está pasando es que de esta manía, convertida en culto, que consiste en mirarse el ombligo propio se contagiaron también los políticos. No existe ninguna Administración, ni municipal ni pública, que no esté entrampada con déficits increíbles mientras siguen engordando el récord de funcionarios. Pero, eso sí, continúa sin mejorar la burocracia y se siguen eternizando los plazos para cualquier trámite.

Pero lo peor de todo es que con la broma de las subprimes y las consecuentes conduits, inventadas con el mismo dinero y a través de un complejo sistema financiero, resulta que al final todo depende de que el pobre trabajador que ha pedido una hipoteca pueda pagarla, teniendo en cuenta que su vivienda vale menos de lo que debe.

Además, la “famosa” burbuja inmobiliaria de la que llevamos hablando en los últimos cinco años acaba de explotar y no es que sólo afecte a bancos e inversores, sino que lo malo es que sus consecuencias las van a pagar las familias, que no pueden porque perderán su trabajo, y la falta de crédito acabarán pagándola las pymes, que son las que generan de verdad empleo y las que de verdad aguantan al país.

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