Revista digital
TRIBUNA
septiembre 2011

¿Estamos poniendo límites al talento?

Elena Ruiz Albiol,
socia directora de Karisma

 
Elena Ruiz AlbiolRecientemente la 2 de RTVE ha emitido un interesante documental, “Comprar, tirar, comprar”, que trata sobre el concepto de la obsolescencia o caducidad programada; es decir, la planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio, de modo que se convierta en no funcional o inservible tras un periodo de tiempo predeterminado. Los defensores de esta práctica aducen que alimenta y fomenta el consumo y mantiene activa la industria productiva en la que está basada buena parte de nuestra economía. Pero ¿es ésta la única forma de mantener vivo nuestro sistema o no nos hemos preocupado de encontrar otras fórmulas? ¿cuál es el coste que tenemos que pagar para seguir manteniendo este proceso? ¿qué incidencia tiene esto en la sostenibilidad de nuestro planeta?
Encontramos un cierto paralelismo entre lo comentado y la forma en la que algunas organizaciones han puesto y siguen poniendo un tope o caducidad a la vida laboral de sus empleados. Con la crisis ha aumentado el número de personas que han perdido su trabajo a una edad madura y han pasado a engrosar las listas del paro. Es frecuente que nos lleguen noticias de recortes de plantilla que afectan a profesionales de prestigio y talento que, por edad y seguramente también por sueldo, pasan a formar parte de las listas de reestructurados de empresas de todo tipo, algunas de ellas organismos públicos, en cuyo caso la práctica es todavía más preocupante.

Entre el colectivo de personas de más edad la prejubilación es una forma de poner una fecha de caducidad laboral a personas que no siempre aceptan con agrado esta situación, por distintos factores: el sentirte no productivo, motivos económicos, etc. Pero, lamentablemente, hay muchas personas que pierden su trabajo estando todavía muy lejos de la edad de jubilación y es muy poco probable que tengan las oportunidades que se merecerían si se tuviera en cuenta su experiencia, talento y valía, independientemente de la edad. La pregunta de nuevo es: ¿cuál es el coste de esta práctica? ¿estamos descapitalizando nuestra organización? Y, aún más, ¿cuál es la sostenibilidad y la incidencia social que tienen estas decisiones?

¿Estamos inconscientemente prefijando hasta cuándo puede alguien realizar un trabajo de forma óptima? ¿Nos hemos preguntado de qué manera pueden influir las creencias preconcebidas y los prejuicios en todo ello? Cuando descartamos a determinadas personas ¿no estamos perdiendo cierta visión y contribuyendo a que nuestro mercado laboral sea cada vez sea más rígido? ¿Por qué no damos la misma oportunidad a buenos profesionales procedentes de colectivos distintos, lo cual puede resultar enriquecedor para todos?

Tengo la oportunidad de entrevistar y relacionarme con personas que trabajan fuera de España. En la mayoría de países con una economía mucho más activa y tasas de paro significativamente menores que las nuestras existe mucha más flexibilidad en todos los sentidos. Cuando una empresa desea cubrir una determinada posición, cualquier persona puede optar a la misma. Sólo importa que tenga las competencias profesionales y personales requeridas y que acepte las condiciones salariales y contractuales definidas. Es por este motivo que es ilegal pedir que el CV contenga información sobre la edad, el sexo, el color de la piel y cualquier otro elemento discriminatorio. Este proceder me recuerda al modo en el que algunas orquestas realizan el proceso de selección de sus componentes. Ocultando la identidad de los candidatos tras una cortina, se evita la contaminación que puede provenir de ideas preconcebidas o prejuicios y hace el proceso de selección más equitativo y eficaz.

Tenemos muchos ejemplos en distintos ámbitos de personas que admiramos por su talento, creatividad, ideas. Tomemos sólo algunos ejemplos: Manoel de Oliveira, director de cine que a sus 102 años sigue dirigiendo y teniendo cosas que decir; Clint Eastwood, 81 años, claro ejemplo de un actor que se ha convertido ya en su madurez en director. Stéphane Hessel, de 93 años, que con sus reflexiones en su libro “Indignaos” ha inspirado un movimiento que está causando cambios sociales y políticos a nivel mundial entre las generaciones más jóvenes. Puede argumentarse que estamos hablando de seres excepcionales. Seguramente podría ser el caso, aunque probablemente el esfuerzo, el compromiso, el pensamiento crítico y la confianza de que tienen algo personal que decir y ofrecer son valores comunes a todos ellos.

Quizás sería bueno que reflexionáramos sobre por qué admiramos a algunas personas independientemente de su edad y, sin embargo, no estamos dispuestos a descubrir o aprovechar el talento de otras personas que son mucho más jóvenes que ellos. Cuando estamos buscando profesionales para nuestras organizaciones o dando oportunidades de promoción y desarrollo ¿vemos a la persona en toda su valía o presuponemos determinadas cosas, basándonos en las creencias o ideas comúnmente aceptadas?

Por otra parte, hablamos con frecuencia de la escasez de talento en nuestra sociedad. Si sólo buscamos éste entre personas que se encuentran dentro de un rango de edad y descartamos las personas que no se ajustan al mismo, seguramente nos será muy difícil conseguir el talento que necesitamos. Si realmente creemos en el talento y lo valoramos, no deberíamos poner un límite a nadie.
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