Revista digital
TRIBUNA
noviembre 2012

Formación y subvención: la extraña pareja

Helena Tarridas,
directora de Formación de Sanroman Consultoría y Formación

 
Helena TarridasLa deuda debe saldarse demostrando que siempre hemos sabido que hay una alternativa, sin hermetismos
Las piezas parecen no terminar de encajar cuando la formación y la subvención se unen cada vez más recurrentemente en nuestro lenguaje de un tiempo a esta parte. De hecho, cuando la primera no va acompañada de la segunda siempre revolotea en el aire la pregunta “pero ¿será gratis?”. El riesgo que corremos cuando esto ocurre va mucho más allá de ser una costumbre en nuestro lenguaje y negocio. Corremos el riesgo de que, por tenerlo tan interiorizado, de lugar a que uno de nuestros productos, aquello que vendemos y en lo que creemos, no sea la formación en sí misma sino la subvención de la que es consecuencia. Resulta curioso que lo anterior lo oyera por primera vez de boca de mi director Financiero y me da que pensar en si muchos otros, o yo misma, no he prestado atención antes a algo tan obvio.

Otro paralelismo a lo anterior es lo que ocurre con las diversas modalidades y tendencias para la impartición de la formación, que no describiendo más que el canal a través del cual se imparten, son objeto de juicio para determinar si la formación es de calidad o no. Estoy de acuerdo con que puede condicionar la facilidad y/o accesibilidad de aprendizaje, pero no son sino los contenidos y el diseño lo susceptible de ser valorado en todos los casos.

Realmente la formación subvencionada ha venido funcionando así desde hace tiempo. La inercia de los distintos condicionantes en nuestro sector, que un poco a modo de buitres acechan alrededor, y la crisis, que cómo no, aquí también aplica, actúan para hacer si cabe todo un poco más automatizado, menos creativo y sí, un poco más burdo de manera progresiva.

Ahora va a resultar que nuestro porfolio no es un catálogo de iniciativas de formación, sino uno de subvenciones casi más amplio, con muchas más combinaciones posibles y encaminado a que los fondos finalistas sean casi el final de todos nuestros fondos. El foco se desvía hacia la perentoria necesidad de hacer el triple con la tercera parte y bien estará si la sensación que nos queda es razonablemente satisfactoria para la mayoría.

A pesar de todo, aquellos que somos incondicionales de la formación sin apellidos tenemos quizá ahora, en que la palabra subvención se hace chiquitita, la mejor de las oportunidades de reinventarnos y de poner en práctica aquello de que la necesidad agudiza el ingenio. Aquello que
antes no era posible por instrucciones más que herméticas se torna ahora en la ambigüedad u holgura que puede proporcionar el éxito y la innovación. Sólo hace falta despojarse de lo que nos ha mantenido en una zona de confort que ahora adelgaza y que, como todo lo cómodo, nos ha proporcionado una certidumbre encasillada y con poca cintura para crear.

Veamos pues una ventaja a todo esto y pensemos en lo que una servidora ha tenido siempre claro pero no siempre igual de presente: ¿Qué es lo que buscamos al formarnos? ¿No es sino la sensación de crecimiento lo que más nos satisface? Podría ser una premisa sobre la que empezar a trabajar en una hoja en blanco, cual Rousseau y su tábula rasa, aquello que originariamente nos trajo aquí y que nos ha proporcionado las mayores alegrías cuando un alumno nos lo ha trasmitido y nos hemos sentido útiles para los demás. A veces son las cosas más primarias a las que hay que regresar para encontrar la esencia perdida, y son esas herramientas las que necesitamos ahora y que hay que desempolvar.

Si lo pensamos bien, este cambio es casi una obligación contraída con nuestro usuario. Hemos contribuido a que el aire de este sector haya estado algo viciado y, de un modo u otro, hemos convivido con esta situación normalizada y demasiado común, y hemos obtenido de nuestro último cliente, el alumno, la misma normalidad y conformismo a lo largo de estos años “cómodos”. Por tanto, la deuda debe saldarse demostrando que siempre hemos sabido que hay una alternativa, sin hermetismos, que nos puede hacer demostrar que la formación no necesita más que su nombre para llegar a todos y servir para todos.

Satisfechos de lo realizado hasta ahora, pero con ese gusanillo de cambio e incertidumbre de todo proyecto que comienza, toca ahora cambiar las notas dentro de la misma partitura, con los mismos actores, pero cambiando el guión. Tenemos entrenamiento y conocimiento de sobra para que resulte un éxito. Que la formación sea la protagonista siempre y la pregunta sea “¿Es la que necesito?”.
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