Revista digital
TRIBUNA
diciembre 2008

"Intuigencia" emocional ¿por qué no?

Jordi Villoro Armengol,
socio-consultor de SEG Consultores

 
Jordi Villoro ArmengolAhora que el concepto de la inteligencia emocional parece que ya ha calado en las empresas, que se habla de ella con normalidad y que son ya habituales los programas formativos que se imparten de esta materia, otro concepto pide paso y demanda ser reivindicado del mal papel que tradicionalmente se le ha asignado: nos referimos a la intuición.
Durante mucho tiempo se ha considerado que actuar por intuición era un acto poco sensato, así que cualquier comportamiento tenía que estar basado en el conocimiento consciente, en el rigor técnico y por tanto distanciado de la respuesta intuitiva.

Aparentemente, las organizaciones han valorado más el conocimiento basado en la lógica y en el análisis de todas las variables que en el conocimiento basado en la intuición. Podemos destacar como simple ejemplo de ello que Daniel Kahneman consiguió el premio Nobel por sus experimentos para demostrar que la intuición falla.

Ahora bien, ¿quién no ha leído o oído hablar de estrepitosos fracasos de grandes y archiconocidas compañías basados en costosos estudios de mercado? ¿Acaso las decisiones basadas en sólidos datos no fallan también?

Tal vez sea por ello que grandes pensadores se han posicionado a favor de la intuición. Albert Einstein sostenía que lo único que realmente contaba era la intuición, Bill Gates apelaba a dejarse llevar por la intuición o Gerd Gigerenzer, del instituto Max Planck, sostiene que ignorar cierta información de la que uno dispone es bueno; que a veces es mejor en un mundo incierto tener sólo parte de la información.

¿Es la intuición un mecanismo válido para tomar decisiones? O bien, como se enseña en universidades y escuelas de negocio, ¿es necesario disponer de la máxima información para la toma de decisiones?

La respuesta nos la da Peter Senge, director del Centro de Aprendizaje Organizacional del MIT, cuando dice que “las personas dotadas de un elevado dominio personal no se plantean elegir entre la razón y la intuición, como tampoco se plantean caminar con una sola pierna o mirar con un solo ojo”.

Así pues, la cuestión no debe ser tener que elegir entre la una o la otra, sino cómo puede contribuir la intuición al éxito profesional, cómo se puede sacar el mayor partido a la intuición, cómo se puede desarrollar esta habilidad.

Empecemos por identificar primero el concepto. La intuición es la percepción que llega de manera repentina, pero que aporta información cierta y adecuada. Es la percepción que se tiene de la verdad, como si se estuviera viendo. Es la capacidad de la mente que surge de un nivel profundo de inteligencia y que permite llegar a respuestas acertadas basadas en datos insuficientes. Es la capacidad de integrar y utilizar la información almacenada en los dos lados del cerebro.

Para Antonio Damasio, profesor de psicología, neurociencia y neurología de la Universidad del sur de California, la intuición es la manera de razonar que no sigue las fases habituales del proceso consciente, es decir, que no pasa por las fases lógicas de producción del pensamiento.

La intuición está relacionada con la memoria experiencial, la que se adquiere con el paso del tiempo y con la experiencia. El cerebro almacena en el inconsciente información y datos que de repente se hacen presentes en la mente y que hacen que se vean las cosas con claridad. Por tanto, la intuición mejora con las vivencias y las experiencias del día a día, y es por eso que acostumbra a ser más acertada la reacción de un experto que la de un principiante.

La intuición puede ser muy precisa si hemos logrado acumular una gran cantidad de conocimientos previos y experiencias vitales, si nos falta información o nos agobia el exceso desorganizado de ella o si no disponemos de tiempo para aplicar todo el proceso analítico y racional.

Tal y como sucede con otras capacidades como podría ser la creatividad, potencialmente somos intuitivos, aunque si no se desarrolla y se explota este potencial, el resultado lógico es el deterioro de esta capacidad. Como se dice popularmente “todo miembro que no se utiliza, se atrofia”.

La pregunta obligada es si se puede desarrollar la intuición y quién y cómo pueden activarla. Y siendo aún más atrevidos, ¿se puede impartir un programa formativo que potencie el uso de la intuición?.

Sin duda, la intuición se puede desarrollar y corresponde a la propia persona conseguir resultados en este sentido. Ahora bien, si aceptamos que todo cambio en actitudes o habilidades pasa por un trabajo personal (ha de ser uno mismo quien decida aplicar, modificar…) aceptaremos también que el papel reservado al consultor-formador es el de incitar a la acción, abrir puertas, aportar ideas, facilitar el proceso…

En nuestro papel de mostrar caminos, citamos aquí algunas bases sobre las que emplearse a fondo con la finalidad de explotar el potencial intuitivo:

• Modificar la rutina. Variar el orden de hacer las cosas.
• Conocerse mejor. Estimular los sentidos.
• Utilizar la imaginación. Jugar a adivinar.
• Dar valor a los sueños. Intentar recordarlos e interpretarlos.
• Mejorar el coeficiente emocional. Empatía, escucha, flexibilidad...
• Analizar las respuestas intuitivas. Los resultados.
• Observar el entorno con interés. Incluso lo que es desconocido.
• No sentirse incómodo en la incertidumbre.
• Evitar la autocrítica. No tener miedo a los malos resultados.

Todo ello se puede trabajar y todo ello contribuirá a mejorar nuestro coeficiente intuitivo.

Si otras habilidades personales como la creatividad o la inteligencia emocional ya han llegado a las escuelas de negocio y a las empresas en forma de programas formativos, estamos convencidos de que la intuición puede y debe aportar su contribución en la formación de todo profesional, y por ello proponemos un título sugerente por todas las connotaciones que lleva implícito: “Intuigencia” emocional.
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