Revista digital
TRIBUNA
enero 2007

Ábrete de orejas

Miquel Bonet,
abogado y consejero de Select

 
Miquel BonetParodiando un viejo dicho chino, “Cuando suena el trueno ya es tarde para taparse las orejas”, me atrevería a afirmar que la mayoría de gente vive con las orejas cerradas.

Acostumbro a participar y a acudir a conferencias y eventos porque me gusta saber lo que piensan otros. Todo ello me enriquece y me permite criticarlo sanamente. De esta forma, acostumbro a aprender cosas que a menudo, cuando las aplico, sobre todo al principio, no funcionan, pero por lo menos de esta forma descubro los caminos que no son.
En los últimos meses se ha despertado un fenómeno insólito en comunicación empresarial. Consiste en la convocatoria de centenares de seminarios, talleres, congresos y conferencias monotemáticas que supongo que se llevan a término y que si realmente asistiéramos a todos no habría tiempo para trabajar, por tanto no existiría la posibilidad de aplicar lo que nos cuentan. Lo bueno de estos actos es que se dicen muchas cosas y algunas razonables; lo malo es que con frecuencia se dice lo mismo y roza el tópico de ambigüedad que tienen las palabras ajenas.

Ahora se habla mucho del tema de los recursos humanos porque las personas están de moda. Pero ¿cómo no vamos a estarlo? si somos el blanco de toda la publicidad y márketing del mundo, siempre que tengamos dinero –ya sabemos lo que vale la vida de un hombre sin cartera aunque cruce 5.000 kilómetros para poder trabajar–. Es curioso comprobar cuando te acercas a un quiosco cómo te bombardean la mayoría de revistas para que compres cosas –algunas tienen más páginas de anuncios que de información– y luego están surgiendo las “otras”, que también se llevan mucho, para liberar tu cuerpo y tu mente; eso y un poco de bótox supongo que sirve para equilibrarse y volver a creer que somos algo más que consumidores.

Es como si le pegamos una paliza a alguien sin motivo y luego le vendemos las medicinas para curarse, como hacen las tabacaleras y laboratorios. Eso está ocurriendo en nuestra sociedad y, como no, nos lo cuentan con poca convicción –porque no se lo creen– en gran parte de las charlas que se escuchan por ahí y, especialmente, en temas de liderazgo, recursos humanos y todo eso. Al final se está hablando mucho de competencia, talento, compromiso, pero nadie explica cómo hacerlo.

En realidad, no es un problema de demagogia, teoría o mala fe, lo que ocurre es que la actitud para comunicarse es una opción del receptor, y la gente no se cree todo lo que le cuentan, a veces porque en otro caso se vería obligado a hacerlo.

Siguiendo teorías de alguien tan sabio en la materia como el Walzlawick o mi colega el Dr. Llacuna, es imposible no comunicarse, y hasta el silencio a menudo consigue comunicar más que la mayoría de canales que utilizamos; pero, en realidad, no todo lo que nos llega, especialmente por la vía verbal y escrita, nos comunica.

Sólo nos comunicamos con lo que nos repercute, porque toda comunicación implica un contenido y una relación. La comunicación no es proceso lógico, sino psicológico, por tanto, debe producirse un feedback del receptor sobre cómo está entendiendo el mensaje y que llegue a nuestro interior provocando emoción y reacción.

Vivimos un momento de excesos de todo, especialmente de información, mal llamada “comunicación”. La mayoría de los mensajes se queda en el simple informe, por tanto, no interesan a casi nadie, ni trasciende, ni modifican ninguna actitud. Eso ocurre en gran parte de la enseñanza –no siempre por culpa de los maestros– y, naturalmente, en los medios. Cuánta energía malgastada, frases huecas que no sirven para nada, pocas cosas que lleguen de verdad, tópicos como “a ver si quedamos”, “hasta luego”, “tú sí que vives bien” son tan absurdas en lo cotidiano como “lo importante son las personas”, ”sin valores no se puede hacer empresa” o, peor, “el cliente es lo primero”. Todo eso se queda pegado en el hermoso tablón de intenciones colgado de la pared de la recepción de las empresas.

Luego viene todo lo demás. Lo que denominaríamos “los hechos”, “los comportamientos ejemplares”, “la congruencia al actuar”, “la intención en el mensaje” y, sobre todo, “la involucración”. A la hora de la verdad, todo eso es ciencia ficción, sobre todo en muchas empresas de las que cotizan y gastan millones de euros en una supuesta “comunicación”.

Pero también existe el camino de en medio. Es lo que yo calificaría como “datos”. Hay gente que no comunica, ni tampoco informa, pero nos proporciona datos en forma de estadísticas, de cuentas de resultados. Del dichoso “evita” –la mayoría de órdenes se dan así– se llega al “hay que hacer esto”, sin concretar quién lo hace, pero obviamente no lo hará el que manda; o bien “debemos conseguir este objetivo”, pero sin cuestionar para qué, cómo, cuándo y porqué. Incluso la gente vive la rutina de su vida sin saber porqué lo hace.

Todo eso se hace aún más familiar para la gente de Recursos Humanos cuando recibe mandatos de la dirección con ideas clave: “Debemos capacitar a la gente en eso...”, “montaremos un curso y les irá bien” o “que hagan una selección o despidan o promocionen” o “hagan pruebas” o “montemos una salida de outdoor-training”, sobre todo “reducción de costes”. Cualquier cosa vale menos escuchar al que se supone que es el “proveedor” de los perfiles competentes para realizar cada función.

Con el dato se llega hasta el nivel de identificar y aclarar de qué va el tema, pero sin duda, tampoco hay repercusión, porque nadie aplica la empatía y menos el compromiso.

Por mucho que se hable de atraer y retener talento, del liderazgo, de los valores añadidos o de tener buenos profesionales, todo eso puede quedarse en el triste rincón de la información, si no nos aplicamos en escuchar.

¿Creen que el mundo funcionaría tan mal si la gente, además de hablar, escuchara un poco? Creo que no. Para eso tenemos dos orejas y una sola boca; por tanto, quizá valdría la pena ahorrarnos muchas palabras, ya muy repetitivas, y empezar a hacer más cosas. La gente lo agradecería y usted y yo también.
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