Las habilidades empleables del debate universitario

Pablo Carbajosa y Francisco Valiente,
Responsables del Club de Debate
Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE

27/04/2017 · Pablo Carbajosa y Francisco Valiente son los responsables del Club de Debate de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE y en éste artículo explican la importancia de la participación de los estudiantes en este tipo de dinámicas universitarias, a las cuales atribuyen valores ligados a la adquisición de habilidades expresivas y argumentativas y, por tanto, de empleabilidad. Para estos profesionales está demostrado que formar parte de los equipos de debate preparan a los universitarios en su salto al mundo laboral, ya que permite perfilar las capacidades comunicativas en cualquier contexto y formato, aumentando así su visibilidad curricular. Algo que, a menudo, parece echarse de menos en los procesos de reclutamiento de las empresas, pues así lo manifiestan algunos estudios sobre jóvenes que revelan serias flaquezas a nivel expresivo, muy ligado al efecto que las redes sociales han generado en fuerzas de trabajo como los Millennials o la Generación Z.

La paradoja del universitario español consiste hoy, someramente, en que, cuantos más escalones sube en su formación (y sube cada vez más), más ambiguas y enturbiadas parecen sus sensaciones de estar obteniendo una ventaja distintiva que le otorgue alguna capacidad de maniobra en el mercado de trabajo.

Para invertir esa apariencia, es aconsejable cultivar cualidades que, presentes de un modo y otro en todos nosotros, nos hagan reconocibles a primera vista, puedan identificarnos como trabajadores valiosos y además, sí, con experiencia. A fin de resultar más acordes con lo que en extraña jerga contemporánea se llama “empleabilidad”.

Una de las insuficiencias graves de la educación en España, de la infantil a la universitaria, es que cosas esenciales que aprendemos en nuestros primeros años, como son hablar, leer y escribir, no se reaprenden de modo adulto, versátil y eficaz. Hablar significa aquí aprender a hablar en público ante auditorios variados, de forma distendida o solemne, con y sin micrófono, con el tiempo medido o relajadamente (pero sin abusar), significa saber recitar un poema con emoción y contar un chiste con gracia.

Leer debería ser lo mismo: leer (y entender) tanto un balance de bolsa como un prospecto médico, un diario como un manual, una novela como un memorándum. Y escribir, escribir tendría que implicar ser capaces de redactar un ensayo, también un diario (de otro género), una carta de amor, un relato breve, una crítica de cine o una misiva comercial.

De estas habilidades vamos a concentrarnos por un momento en hacer valer la primera, la que resulta teóricamente más fácil de adquirir, pues no requiere otra cosa que un aparato fonador, la doble articulación que nos distingue a los seres humanos de todos los demás animales (ser capaces de articular sonidos y que estos, además de sentido, tengan significado) y socializarnos en la primera infancia en el medio familiar y más allá de él.

Se trata de hablar, pero no de hablar sin más. Se trata de hablar con otros y para otros, con un propósito específico, con ánimo persuasivo. Se trata de desarrollar capacidades que son, primero, oratorias y, luego, enseguida, dialécticas. Y esto requiere, tal como antes mencionamos, hablar como adultos, con precisión, con pertinencia, con claridad, con interés.

Habilidades de por vida

Estas habilidades del habla ofrecen varias ventajas destacables y de largo aliento, de las que podemos singularizar cuatro. La primera es que se trata de habilidades de por vida, que no pierden su importancia ni su actualidad. Una vez adquiridas, se conservan con la práctica, pero su ejercicio es sencillo, común y efectivo.

La segunda que se trata de habilidades que son tan útiles en el trabajo como fuera de él. Son habilidades sociales y personales, mucho más que meramente laborales. La tercera es que la relación entre la teoría y la práctica es directa e inmediata. La teoría no es compleja, la práctica es imprescindible. Y la cuarta es que la curva de aprendizaje suele ser rápida, pero el horizonte de lo que se puede aprender llega a ser tan largo como la propia vida.

En la enseñanza universitaria española, el desarrollo de estas capacidades se ha dado, sin embargo, y también de modo paradójico, sobre todo en sociedades de debate, más que en la enseñanza reglada. Pero no es extraño que se generalice la creación de nuevas sociedades de debate lo mismo que la incorporación de la oratoria y el debate como materias optativas o asignaturas permanentes. Es lógico. Al fin y al cabo, se trata de un ejercicio que todos podemos, que todos deberíamos practicar, con mayor o menor fortuna, que no depende sólo de nuestras dotes naturales sino también de nuestra voluntad, de nuestra pertinaz tenacidad y afán de superación.

Con todo y con eso, el debate universitario -y son ya decenas y decenas los torneos que se celebran cada año académico- está facultando hoy a miles de estudiantes (acaso pronto decenas de miles) para presentarse en público más allá de los certámenes con autoridad y competencia: en la carrera académica, en el terreno profesional y el mercado laboral.

Que hable tu currículum

Y es que además, nos consta: quien incluye su experiencia de debate en su currículum suele provocar una respuesta inmediata en los procesos de selección y las entrevistas de trabajo. Se trata de que hable tu currículum, que lo haga por ti, y aún más, de forma elocuente. Y suele encontrar una respuesta sorprendida a menudo, favorable las más veces, deseosa de saber de qué se trata y de conocer más a fondo qué genero de experiencia es y qué entraña que pueda aplicarse al perfil de este o aquel puesto de trabajo.

Por ende, la palabra está bien empleada: experiencia. Precisamente el término que acarrea la mayor de las contradicciones entre ofertas y demandas de empleo y, aún más, de los primeros empleos. Quien ha hecho debate en la Universidad, es decir, quien menciona su trayectoria en certámenes de debate (tanto mejor si se trata de victorias, premios al mejor orador, etc.), en modelos parlamentarios o de Naciones Unidas, puede aducir experiencia de oratoria y debate durante años: los mismos de su grado, licenciatura, máster, doctorado (todavía más, si su práctica empezó en la enseñanza media) y conseguir así mayor eco. Llegando al extremo de la broma, bien podríamos decir: hoy un máster lo tiene cualquiera, pero experiencia en debate, decididamente, no todo el mundo.

Empleables por excelencia

Y por último, pero no menos importante sino acaso lo que más. Amén de las virtudes de hablar y razonar en público, el debate universitario forja herramientas intelectuales de primerísimo orden: enseña a saber hacerse con asuntos complejos en un tiempo breve y a veces muy breve; obliga a considerar todo problema desde al menos dos puntos de vista encontrados y a calibrar las razones de las partes, las mejores y las de cada uno.

Convirtiendo así las de debatir en habilidades empleables por excelencia. Empleables, es decir, para emplear en cualquier ocasión y circunstancia. Y también en cualquier empleo laboral.

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